Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.27
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preocupado.
-¿Qué tienes? -preguntóme. tendiéndome la mano.
En menos de dos segundos puse a mi novia al corriente de mi extraña situación. Ella me
miró en silencio durante algunos instantes. ¿Latía su corazón al unísono del mío? Lo
ignoro; pero su mano no temblaba cual la mía.
Caminamos en silencio unos cien pasos.
-Axel -me dijo al fin.
-¿Qué, mi querida Graüben?
-¡Qué viaje tan hermoso es el que vas a emprender!
Tan inesperadas palabras hiciéronme dar un salto.
-Sí, Axel; y muy digno del sohrino de un sabio. ¡Siempre es bueno para un hombre el
haberse distinguido por alguna gran empresa!
-¡Cómo, Graüben! ¿No tratas de disuadirme con objeto de que renuncie a semejante
expedición?
-No, mi querido Axel; por el contrario, os acompañaría de buena gana si una pobre
muchacha no hubiese de constituir para vosotros un constante estorbo.
-Pero,¿lo dices de veras?
-¡Ya lo creo!
¡Ah, mujeres! ¡Corazones femeninos, incomprensibles siempre! Cuando no sois los
seres más tímidos de la tierra, sois los más arrójados. La razón sobre vosotras no ejerce el
menor poderío. ¿Era posible que Graüben me animase a tomar parte en tan descabellada
expedición, que fuese ella misma capaz de acometer, sin miedo, la aventura, que me
incitase a ella, a pesar del cariño que decía profesarme?
Me hallaba desconcertado y, hasta, ¿por qué no decirlo? sentía cierto rubor.
-Veremos, Graüben -le dije-, si piensas mañana lo mismo.
-Mañana, querido Axel, pensaré lo tnismo que hoy.
Y cogidos de la mano, aunque sin despegar nuestros labios, reanudamos ambos la
marcha.
Yo me hallaba quebrantado por las emociones del día.
"Después de todo" pensaba, "las calendas de julio están aún lejos, y, de aquí a entonces.
pueden ocurrir muchas cosas que hagan desistir a mi tío de la manía de viájar por debajo
de la tierrá".
Era ya noche cerrada cuando llegamos a casa.
Esperaba encontrarla tranquila. con mi tío ya acostado, como era su costumbre, y con la
buena Marta dándole al comedor el último repaso antes de retirarse a la cama.
Pero no había contado con la impaciencia del profesor, a quien hallé gritando y
corriendo de un lado para otro, en medio de la porción de mozos de cordel que
descargaban en la calle una multitud de objetos. Marta estaba atolondrada, sin saber
adónde atender.
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