Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.26
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-En efecto-respondí-, es muy posible.
-No posible, sino cierto -replicó triunfalmente mi tío-; pero silencio, ¿me entiendes?
Guarda el más impenetrable sigilo acerca de todo esto, para que a nadie se le ocurra la
idea de descubrir. antes que nosotros, el centro de nuestro planeta.
VII
Tal fue el inesperado final de aquella memorable sesión que hasta fiebre me produjo.
Salí como aturdido del despacho de mi tío, y, pareciéndome que no había aire bastante en
las calles de Hamburgo para refrescarme, dirigíme a las orillas del Elba, y me fui derecho
al sitio donde atraca la barca de vapor que pone en comunicación la ciudad con el
ferrocarril de Hamburgo.
¿Estaba convencido de lo que acababa de oír? ¿No me había dejado fascinar por el
profesor Lidenbrock? ¿Debía tomar en serio su resolución de bajar al centro del macizo
terrestre? ¿Acababa da escuchar las insensatas elucubraciones de un loco o las
deducciones científicas de un gran genio? En todo aquello, ¿hasta dónde llegaba la
verdad? ¿,Dónde comenzaba el error?
Nadaba yo entre mil contradictorias hipótesis sin poder asirme a ninguna.
Recordaba. sin embargo, que mi tío me había convencido, aun cuando ya comenzaba a
decaer bastante mi entusiasmo. Hubiera preferido partir inmediatamente, sin tener tiempo
para reflexionar. En aquellos momentos, no me hubiera faltado valor para preparar mi
equipáje.
Es preciso, no obstante, confesar que una hora después cesó la sobreexcitación por
completo, aplacáronse mis nervios, y desde los profundos abismos de la tierra subí a su
superficie.
-¡Es absurdo! -exclamé-. ¡No tiene sentido común! No es una proposición formal que
pueda hacerse a un muchacho sensato. No existe nada de eso. Todo ha sido una mera
pesadilla.
Entretanto, había caminado por las márgenes del Elba, rodeando la ciudad; y, después
de rebasar el puerto, encontréme en el camino de Altona. Me guiaba un presentimiento,
que bien pronto quedó justificado, pues no tardé en descubrir a mi querida Graüben que,
a pie, regresaba a Hamburgo.
-¡Graüben! -le grité desde lejos.
La joven se detuvo turbada, sin duda por oírse llamar de aquel modo en medio de una
gran carretera. De un salto me puse a su lado.
-¡Axel! -exclamó sorprendida-. ¡Conque has venido a buscarme! ¡Está bien, caballerito!
Pero, al fijarse en mi rostro, llamóle la atención en seguida mi aire inquieto y
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