Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.25
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terrestre, originaría terremotos periódicos.
-Sin embargo, es evidente quc la superficie del globo ha sufrido una combustión, y
cabe, por lo tanto. suponer que la corteza exterior sc ha ido entriando, refugiándose el
calor en el centro de la tierra.
-Eso es un claro error -dijo mi tío-; el calor de la tierra no reconoce otro origen que la
combustión de su superficie. hallábase ésta formada de una gran cantidad de metales,
tales como el potasio y el sodio, quc ticnen la propiedad de inflamarse al solo contacto
del aire y del agua; estos metales ardieron cuando los vapores atmosféricos precipitáronse
sobre ellos en forma de lluvia, y, poco a poco, a medida que penetraban las aguas por las
hendeduras de la corteza terrestre, fueron determinando nuevos incendios, acompañados
de explosiones y erupciones. He aquí la causa de que fuesen tan numerosos los volcanes
en los primeros días del mundo.
-¡Es ingeniosa la hipótesis! -hube de exclamar sin querer.
-Hunfredo Davy me la demostró palpablemente aquí mismo mediante un experimento
sencillo. Fabricó una esfera metálica. en cuya composición entraban principalmente los
metales mencionados poco ha, y que tenía exactamente la forma de nuestro globo.
Cuando se hacía caer sobre su superficie un finísimo rocío, hinchábase aquélla, oxidábase
y formaba una pequeña montaña, en cuya cumbre se abría momentos después mi cráter.
Sobrevenía una erupción y era tan grande el calor que ésta comunicaba a la esfera, que se
hacía imposible el sostenerla en la mano.
Si he de ser del todo franco, empezaban a convencerme los argumentos del profesor,
cuya pasión y entusiasmo habituales comunicábales mayor fuerza y valor.
-Ya ves. Axel -añadio-, que el estado del núcleo central ha suscitado muy diversas
hipótesis entre los mismos geólogos: no hay nada que demuestre la existencia de ese
calor interior; a mi entender, no existe ni puede existir; pero ya lo comprobaremos
nosotros. y, a semejanza de Arne Saknussemm, sabremos a qué atenernos sobre tan
discutida cuestión.
-Sí. sí: ya lo veremos -contestéle, dejándome arrastrar por su entusiasmo-; lo veremos,
dado caso que se vea en aquellos apartados lugares.
-¿Y por qué no? ¿No podremos contar para alumbrarnos con los fenómenos eléctricos,
y aun con la misma atmósfera, cuya propia presión puede hacerla luminosa en las
proximidades del centro de la tierra?
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