Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.20
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semejante viaje. ¡Ir al centro de la tierra! ¡Qué locura! Pero rne reservé mi dialéctica para
el momento oportuno, y eso me ocupó toda la cornida.
No hay para qué decir las imprecaciones de mi tío al encontrarse la mesa
completamente vacía. Pero, una vcz explicada la causa, devolvió la libertad a Marta, la
cual corrió presurosa al mercado y desplegó tal actividad y diligencia que. una hora más
tarde, mi apetito se hallaba satisfecho y me di exacta cuenta de la situación.
Durante la comida, dió muestras el profesor de cierta jovialidad, permitiéndose esos
chistes de sabio, que no encierran peligro jamás; y, terminados los postres, me hizo señas
para que le siguiese a su despacho.
Yo obedecí sin chistar.
Sentóse él a un extrerno de su mesa de escritorio y yo al otro.
-Axel -me dijo, con una amabilidad muy poco frecuente en él-: eres un muchacho
ingenioso: me has prestado un servicio excelente cuando, cansado ya de luchar contra lo
imposible. iba a darme por vencido. No lo olvidaré jamás y participarás de la gloria que
vamos a conquistar.
"Bien" pensé; "se halla de buen humor: éste es el mornento oportuno para discutir esta
gloria".
-Ante todo -prosiguió mi tío-. te recorniendo el más absoluto secreto, ¿me entiendes?
No faltan envidiosos en el rnundo de los sabios, y hay machos que quisieran emprender
este viaje. del cual, hasta nuestro regreso no tendrán noticia alguna.
-¿Cree usted -le dije- que es tan grande el número de los audaces?
-¡Ya lo creo! ¿Quién vacilaría en conquistar una fama semejante? Si este documento
llegara a conocerse, un ejército entero de geólogos se precipitaría en pos de las huellas de
Arne Saknussemm.
-No opino yo lo mismo. tío, pues nada prueba la autenticidad de ese documento.
-¡Qué dices! Pues, ¿y el libro en que lo hemos encontrado?
-¡Bien: no niego que el mismo Saknussernm pueda haber escrito esas líneas; pero.
¿hemos de creer por eso que él en persona haya realizado el viaje´? ¿No puede ser ese
viejo pergarnino una superchería?
Arrepentíme, ya tarde, de haber aventurado esta última palabra; frunció el profesor su
poblado entrecejo, y creí que había malogrado el éxito que esperaba obtener de aquella
conversación. No fué así, por fortuna. Esbozóse una especie de sonrisa en sus delgados
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