Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.19
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brazos en los primeros transportes de júbilo. Pero me apremió de tal modo, que tuve que
responderle.
-Sí -le dije-, esa clave... la casualidad ha querido...
-¿Qué dices? -exclamó con indescriptible emoción.
-Tome -le dije, alargándole la hója de papel por mí escrita-; lea usted.
-Pero esto no quiere decir nada -respondió él. estrujando con rabia el papel entre sus
dedos.
-Nada, en efecto, si se empieza a leer por el principio; pero si se comienza por el fin...
No había terminado la frase. cuando el profesor lanzó un grito... ¿Qué digo un grito?
¡Un rugido! Una revelación acababa de hacerse en su cerebro. Estaba transfigurado.
-¡Ah, ingenioso Saknussemm! -exclamó-; ¿con que habías escrito tu frase al revés?
Y cogiendo la hoja de papel, leyó todo el documento. con la vista turbada y la voz
enronquecida de emoción, subiendo desde la última letra hasta la primera.
Se hallaba concehido en estos términos:
In Sneffels Yoculis craterem kem delibat
umbra Scartaris Julii intra calendas descende,
audax viator, el terrestre centrum attinges.
Kod feci. Ame Sahnussemm.
Lo cual, se podía traducir así:
Desciende al cráter- del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes
de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la tierra, como he llegado
yo.
Ame Saknussemm.
Al leer esto, pegó mi tío un salto, cual si hubiese recibido de improviso la descarga de
una botella de Leyden. La audacia, la alegría y la convicción dábanle un aspccto
magnífico. Iba y venía precipitadamente; oprimíase la cabeza entre las manos; echaba a
rodar las sillas; amontonaba los libros: tiraba por alto, aunque en él parezca increíble, sus
inestimables geodas: repartía a diestro y siniestro patadas y puñetazos. Por fin, se
calmaron sus nervios, y, agotadas sus energías, se desplomó en la butaca.
-¿Qué hora es? -preguntórne, después de unos instantes de silencio.
-Las tres -le respondí.
-¡Las tres! ¡Qué atrocidad! Estoy defallecido de hambre. Varnos a comer ahora misrno.
Después...
-¿Después qué...?
-Después me prepararás mi equipaje.
-¿Su equipaje?-exclamé.
-Sí; y el tuyo también -respondió el despiadado catedrático: entrando en el comedor.
VI
Al escuchar estas palabras, un terrible escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
Contúveme, sin embargo. y resolví ponerle buena cara. Sólo argurnentos científicos
podrían detener al profesor Lidenhrock, y había rnuchos y muy poderosos que oponer a
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