Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.18
Indice General
|
Volver
Página 18 de 185
que a mí respecta, la imposibilidad de salir de casa preocupábame mucho más que la falta
de comida, por razones que el lector adivinará fácilmente.
Mi tío trabajaba sin cesar; su imaginación se perdía en un dédalo de combinaciones.
Vivía fuera del mundo y verdaderamente apartado de las necesidades terrenas.
A eso del mediodía, el hambre me aguijoneó seriamente. Marta, como quien no quiere
la cosa, había devorado la víspera las provisiones encerradas en la despensa; no quedaba,
pues, nada en casa. Sin embargo, el pundonor me hizo aceptar la situación sin protestas.
Por fin sonaron las dos. Aquello se iba haciendo ridículamente intolerable, y empecé a
abrir los ojos a la realidad. Pensé que yo exageraba la importancia del documento; que mi
tío no le daría crédito: que sólo vería en él una farsa; que, en el caso más desfavorable,
lograríamos detenerle a su pesar; y, en fin, que era posible diese él mismo con la clave
del enigma, resultando en este caso infructuosos los sacrificios que suponía mi
abstinencia.
Estas razones, que con indignación hubiera rechazado la víspera, pareciéronme
entonces excelentes; llegué hasta juzgar un absurdo el haber aguardado tanto tiempo, y
resolví decir cuanto sabía.
Andaba, pues, buscando la manera de entablar conversación, cuando se levantó el
catedrático, calóse su sombrero y se dispuso a salir.
¡Horror! ¡Marcharse de casa y dejarnos encerrados en ella...! ¡Eso nunca!
-Tío -le dije de pronto.
Pero él pareció no haberme oído.
-Tío Lidenbrock -repetí, levantando la voz.
-¿Eh? -respondió él como el que se despierta de súbito.
-¿Qué tenemos de la llave?
-¿Qué llave? ¿La de la puerta?
-No, no; la del documento.
El profesor miróme por encima de las gafas y debió observar sin duda algo extraño en
mi fisonomía, pues me asió enérgicamente del brazo, y, sin poder hablar, me interrogó
con la mirada.
Sin embargo, jamás pregunta alguna fue formulada en el mundo de un modo tan
expresivo.
Yo movía la cabeza de arriba abajo.
Él sacudía la suya con una especié de conmiseración, cual si estuviese hablando con un
desequilibrado.
Yo entonces hice un gesto más afirmativo aún.
Sus ojos brillaron con extraordinario fulgor y adoptó una actitud agresiva.
Este mudo diálogo, en aquellas circunstancias, hubiera interesado al más indiferente
espectador.
Si he de ser franco, no me atrevía a hablar, temeroso de que mi tío me ahogase entre sus
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-185
|