Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.17
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Todas sus fuerzas vivas hallábanse
reconcentradas en un solo punto, y como no hallaban salida por su evacuatorio ordinario,
era muy de temer que su extraordinaria tensión le hiciese estallar de un momento a otro.
Yo podía con un solo gesto aflojar el férreo tornillo que le comprimía el cráneo. Una
sola palabra habría bastado, ¡y no quise pronunciarla!
Hallándome dotado de un corazón bondadoso, ¿por qué callaba en tales circunstancias?
Callaba en su propio interés.
"No, no" repetía en mi interior; "no hablaré". Le conozco muy bien: se empeñaría en
repetir la excursión sin que nada ni nadie pudiese detenerle. Posee una imaginación
ardorosa, y, por hacer lo que otros geólogos no han hecho, sería capaz de arriesgar su
propia vida. Callaré, por consiguiente; guardaré eternamente el secreto de que la
casualidad me ha hecho dueño; revelárselo a él sería ocasionarle la muerte. Que lo
adivine si puede; no quiero el día de mañana tener que reprocharme el haber sido causa
de su perdición.
Una vez adoptada esta resolución, aguardé cruzado de brazos. Pero no había contado
con un incidence que hubo de sobrevenir algunas horas después.
Cuando Marta trató de salir de casa para trasladarse al mercado, encontró la puerta
cerrada y la llave no estaba en la cerradura. ¿Quién la había quitado?; evidentemente mi
tío al regresar de su precipitada excursión.
¿Lo había hecho por descuido o con deliberada intención? ¿Quería someternos a los
rigores del hambre? Esto me parecía un poco fuerte. ¿Por qué razón habíamos de ser
Marta y yo víctimas de una situación que no habíamos creado? Entonces me acordé de un
precedente que me llenó de terror. Algunos años atrás, en la época en que trabajaba mi tío
en su gran clasificación mineralógica, permaneció sin comer cuarenta y ocho horas y toda
su familia tuvo que soportar esta dieta científica. Me acuerdo que en aquella ocasión sufrí
dolores de estómago que nada tenían de agradables para un joven dotado de un devorador
apetito.
Parecióme que nos íbamos a quedar sin almuerzo, como la noche anterior nos habíamos
quedado sin cena. Sin embargo, me armé de valor y resolví no ceder ante las exigencias
del hambre. Marta, en cambio, se lo tomó muy en serio y se desesperaba la pobre. Por lo
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