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Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.16

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con la pluma en la mano, empezó a escribir ciertas
fórmulas que recordaban los cálculos algebraicos.
Yo seguía con la mirada su mano temblorosa, sin perder ni uno solo de sus
movimientos. ¿Qué resultado imprevisto iba a producirse de pronto? Me estremecía sin
razón, porque una vez encontrada la verdadera, la única combinación, todas las investi-
gaciones debían forzosamente resultar infructuosas.
Trabajó durante tres horas largas sin hablar, sin levantar la cabeza, borrando, volviendo
a escribir, raspando, comenzando de nuevo mil veces.
Bien sabía yo que, si lograba coordinar estas letras de suerte que ocupasen todas las
posiciones relativas posibles, acabaría por encontrar la frase. Pero no ignoraba tampoco
que con sólo veinte letras se pueden formar dos quinquillones, cuatrocientos treinta y dos
cuatrillones, novecientos dos trillones, ocho mil ciento setenta y seis millones, seiscientas
cuarenta mil combinaciones.
Ahora bien, como el documento constaba de ciento treinta y dos letras, y el número que
expresa el de frases distintas compuesta de ciento treinta y tres letras, tiene, por la parte
más corta, ciento treinta y tres cifras, cantidad que no puede enunciarse ni aun concebirse
siquiera, tenía la seguridad de que, por este método, no resolvería el problema.
Entretanto, el tiempo pasaba, la noche se echó encima y cesaron los ruidos de la calle;
mas mi tío, abismado por completo en su tarea, no veía ni entendía absolutamente nada,
ni aun siquiera a la buena Marta que entreabrió la puerta y dijo:
-¿Cenará esta noche el señor?
Marta tuvo que marcharse sin obtener ninguna respuesta. Por lo que respecta a mí,
después de resistir durante mucho tiempo, sentíme acometido por un sueño invencible, y
dormime en un extremo del sofá, mientras mi tío proseguía sus complicados cálculos.
Cuando me desperté al día siguiente, el infatigable peón trabajaba todavía. Sus ojos
enrójecidos, su tez pálida, sus cabellos desordenados por sus dedos febriles, sus pómulos
amoratados delataban bien a las claras la lucha desesperada que contra lo imposible había
sostenido, y las fatigas de espíritu y la contención cerebral que, durante muchas horas,
había experimentado.
Si he de decir la verdad, inspiróme compasión. A pesar de los numerosos motivos de
queja que creía tener contra él, sentíme conmovido. Hallábase el infeliz tan absorbido por
su idea, que ni de encolerizarse se acordaba.


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