Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.15
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leer de cabo a rabo aquella frase latina, y este poco rne lo acababa de revelar a mí la
casualidad.
No es difícil imaginar mi emoción. Mis ojos se turbaron y no podía servirme de ellos.
Extendí la hoja de papel sobre la mesa y sólo me faltaba fijar la mirada en ella para
poseer el secreto.
Por fin logré calmar mi agitación. Resolví dar dos vueltas alrededor de la estancia para
apaciguar mis nervios, y me arrellané después en el amplio butacón.
"Leamos" me dije en seguida, después de haber hecho una buena provisión de aire en
mis pulmones.
Inclinéme sobre la mesa, puse un dedo sucesivamente sobre cada letra, y, sin titubear,
sin detenerme un momento, pronuncié en alta voz la frase entera. ¡Qué inmensa
estupefacción y terror se apoderaron de mí! Quedé al principio como herido por un rayo.
¡Cómo! ¡Lo que yo acababa de leer habíase efectuado! Un hombre había tenido la
suficiente audacia para penetrar...
-¡Ah! -exclamé dando un brinco-; no, no; ¡mi tío jamás lo sabrá! ¡No faltaría más sino
que tuviese noticia de semejante viaje! En seguida querría repetirlo sin que nadie lograse
detenerlo. Un geólogo tan exaltado, partiría a pesar de todas las dificultades y obstáculos,
llevándome consigo, y no regresaríamos jamás; ¡pero jamás!
Me encontraba en un estado de sobreexcitación indescriptible.
-No, no; eso no será -dije con energía-; y, puesto que puedo impedir que semejante idea
se le ocuira a mi tirano, lo evitaré a todo trance. Dando vueltas a este documento, podría
acontecer que descubriese la clave de una manera casual. ¡Destruyámoslo!
Quedaban en la chimenea aún rescoldos, y, apoderándome con mano febril no sólo de
la hoja de papel, sino tambión del pergamino de Saknussemm, iba ya a arrojarlo todo al
fuego y a destruir de esta suerte tan peligroso secreto, cuando se abrió la puerta del
despacho y apareció mi tío en el umbral.
V
Apenas me dió tiempo de dejar otra vez sobre la mesa el malhallado documento.
El profesor Lidenbrock parecía en extremo preocupado. Su pensamiento dominante no
le abandonaba un momento. Había evidentemente escudriñado y analizado el asunto
poniendo en juego, durante su paseo, todos los recursos de su imaginación, y volvía
dispuesto a ensayar alguna combinación nueva.
En efecto, sentóse en su butaca, y.
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