Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.14
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Sin embargo, noté que las letras decimocuarta, decimoquinta y decimosexta formaban la
palabra inglesa ice, y las vigesimocuarta, vigésimo quinta y vigesimosexta la voz sir
perteneciente al mismo idioma. Por último, en el cuerpo del documento y en las líneas
segunda y tercera, leí también las palabras latinas rota, rnutabile, ira. nec y atra.
¡Demonio! -pensé entonces-. estas últimas palabras parecen dar la razón a mi tío acerca
de la lengua en que está redactado el documento. Además, en la cuarta línea veo también
la voz luco que quiere decir bosque sagrado. Sin embargo, en la tercera se lee la palabra
tabiled, de estructura perfectamente hebrea, y en la última mer, arc y mere que son
netamente francesas.
¡Aquello era para volverse loco! ¡Cuatro idiomas diversos en una frase absurda! ¿Qué
relación podía existir entre las palabras hielo. señor cólera, cruel, bosque sagrado,
mudable, madre, arco y mar? Sólo la primera y la última podían coordinarse fácilmente,
pues nada tenía de extraño que en un documento redactado en Islandia se hablase de un
rnar de hielo. Pero esto no bastaba, ni con mucho, para comprender el criptograma.
Luchaba, pues, contra una dificultad insuperable; mi cerebro echaba fuego, mi vista se
obscurecía de tanto mirar el papel; las ciento treinta y dos letras parecían revolotear en
torno mío como esas lágrimas de plata que vemos moverse en el aire alrededor de nuestra
cabeza cuando se nos agolpa en ella la sangre.
Era víctima de una especie de alucinación; me asfixiaba; sentía necesidad de aire puro.
Instintivamente, abaniquéme con la hoja de papel. cuyo anverso y reverso presentábanse
de este modo alternativamente a mi vista.
Júzguese mi sorpresa cuando, en una de estas rápidas vueltas, en el momento de quedar
el reverso ante mis ojos, creí ver aparecer palabras perfectamente latinas, como craterem
y terrestre entre otras.
Súbitamente hízose la claridad en mi espíritu: acababa de descubrir la clave del enigma.
Para leer el documento no era ni siquiera preciso mirarlo al trasluz con hoja vuelta del
revés. No. Podía leerse de corrido tal como me había sido dictado. Todas las ingeniosas
suposiciones del profesor se realizaban; había acertado la disposición de las letras y la
lengua en que estaba redactado el documento. Había faltado poco para que mi tío pudiese
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