Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.12
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acabas de escribir y que yo desconozco, me bastará tomar sucesivamente la primera letra
de cada palabra, después la segunda, en seguida la tercera, y así sucesivamente.
Y mi tío. con gran sorpresa suya, y sobre todo mía, leyó:
Te: adoro, bellísima Graiiben.
-¿Qué significa esto?--exclamó el profesor.
Sin darme cuenta de ello, había cometido la imperdonable torpeza de escribir una frase
tan comprometedora.
-¡Conque amas a Graüben! ¿eh? -prosiguió mi tío con acento de verdadero tutor.
-Sí... No.. -balbucí desconcertado.
-¡De manera que amas a Graiihen -prosiguió maquinalmente-. Bueno, dejemos esto
ahora y apliquemos mi procedimiento al documento en cuestión.
-Abismado nuevamente mi tío en su absorbente contemplación, olvidó de momento mis
imprudentes palabras. Y digo imprudentes, porque la cabeza del sabio no podía
comprender las cosas del corazón. Pero, afortunadamente, la cuestión del documento
absorbió por completo su espíritu.
En el instante de realizar su experiments decisivo, los ojos del profesor Lidenbrock
lanzaban chispas a través de sus gafas; sus dedos temblaban al coger otra vez el viejo
pergamino; estaba emocionado de veras. Por último. tosió fuertemente, y con voz grave y
solemne, nombrando una tras otra la primera letra de cada palabra, a continuación la
segunda, y así todas las demás. dictóme la serie siguiente:
mmessunkaSenrA.icefdoK.segnittamurtn
ecertswrrette, rotaivxadua,ednecsedsadne
IacartniiiluJsitatracSarbmutabiledmeili
meretarcsilucoYsleffenSnl
Confieso que, al terminar, hallábame emocionado. Aquellas letras, pronunciadas una a
una, no tenían ningún sentido, y esperé a que el profesor dejase escapar de sus labios
alguna pomposa frase latina.
Pero, ¡quién lo hubiera dicho! Un violento puñetazo hizo vacilar la mesa; saltó la tinta y
la pluma se me cayó de las manos.
-Esto no puede ser-exclamó mi tío, frenético-; ¡esto no tiene sentido común!
Y, atravesando el despacho como un proyectil y bajando la escalera lo mismo que un
alud, engolfóse en la König-strasse, y huyó a todo correr.
IV
-¿Se ha marchado? -preguntó Marta, acudiendo presurosa al oír el ruido del portazo que
hizo retemblar la casa.
-Sí-respondí-, se ha marchado.
-¿Y su comida?
-No comerá hoy en casa.
-¿Y su cena?
-No cenará tampoco.
-¿Qué me dice usted, señor Axel?
-No, María: ni él ni nosotros volveremos a comer. Mí tío Lidenbrock ha resuelto
ponernos a dieta hasta que haya descifrado un antiguo pergamino, lleno de garrapatas,
que, a mi modo de ver, es del todo indescifrable.
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