Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.10
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francés, al italiano, al griego o al hebreo. Pero los sabios del siglo mentado escribían. por
lo general, en latín. Puedo, pues, con fundamento, asegurar a priori que esto está escrito
en latín.
Yo di un salto en la silla. Mis recuerdos de latinista se sublevaron contra la suposición
de que aquella serie de palabras estrambóticas pudiesen pertenecer a la dulce lengua de
Virgilio.
-Sí. latín -prosiguió mi tío-; pero un latín confuso.
"En hora buena" pensé; "si logras ponerlo en claro, te acreditarás de listo".
-Examinémoslo bien -añadió, cogiendo nuevamente la hoja que yo había escrito-. He
aquí una serie de ciento treinta y dos letras que ante nuestros ojos preséntanse en un
aparente desorden. Hay palabras. como la primera, mm.rnlls, en que sólo entran
consonantes; otras, por el contrario, en que abundan las vocales: la quinta. por ejemplo,
unteief o la penúltima, oseibo. Evidentemente, esta disposición no ha sido combinada.
sino que resulta matemáticamente de la razón desconocida que ha presidido la sucesión
de las letras. Me parece indudable que la frase primitiva fué escrita regularmente, y
alterada después con arreglo a una ley que es preciso descubrir. El que poseyera la clave
de este enigma lo leería de corrido. Pero, ¿cuál es esta clave, Axel? ¿La tienes por
ventura?
Nada contesté a esta pregunta, por una sencilla razón: mis ojos se hallaban fïjos en un
adorable retrato colgado de la pared: el retrato de Graüben. La pupila de mi tío se
encontraba a la sazón en Altona, en casa de un pariente suyo, y su ausencia me tenía muy
triste; porque, ahora ya puedo confesarlo, la bella curlandesa y el sobrino del catedrático
se amaban con toda la paciencia y toda la flema alemanas. Nos habíamos dado palabra de
casamiento sin que se enterase mi tío, demasiado geólogo para comprender semejantes
sentimientos. Era Graüben una encantadora muchacha, rubia, de ójos azules, de carácter
algo grave y espíritu algo serio; mas no por eso me amaba menos. Por lo que a mí
respecta, la adoraba, si es que este verbo existe en lengua tudesca. La imagen de mi linda
curlandesa transportóse en un momento del mundo de las realidades a la región de los
recuerdos y ensueños.
Volvía a ver a la fiel compañera de mis tareas y placeres; a la que todos los días me
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