Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.8
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Un gesto de iracundia terminó su pensamiento.
-Siéntate ahí, y escribe añadió indicándome la mesa con el puño.
Obedecí con presteza.
-Ahora voy a dictarte las letras de nuestro alfabeto que corresponden a cada uno de
estos caracteres islandeses. Veremos lo que nesulta. ¡Pero, por los clavos de Cristo, cuida
de no equivocarte!
Él empezó a dictarme y yo a escribir las letras, unas a continuación de las otras,
formando todas juntas la incomprensible sucesión de palabras siguientes:
mm.rnlls esreuel seecJde
sgtssmf unteief niedrke
kt,samn atrateS Saodrrn
erntnael nuaect rrilSa
Atvaar .nxcrc ieaabs
Ccdrmi eeutul frantu
dt,iac oseibo kediiY
Una vez terminado este trabajo arrebatóme vivamente mi tío el papel que acababa de
escribir, y lo examinó atentamente durante bastante tiempo.
-¿Qué quiere decir esto? -repetía maquinalmente.
No era yo ciertamente quien hubiera podido explicárselo, pero esta pregunta no iba
dirigida a mí, y por eso prosiguió sin detenerse:
-Esto es lo que se llama un criptograma, en el cual el sentido se halla oculto bájo letras
alteradas de intento, y que, combinadas de un modo conveniente, formarían una frase
inteligible. ¡Y pensar que estos caracteres ocultan tal vez la explicación, o la indicación,
cuando menos, de un gran descubrimiento!
En mi concepto, aquello nada ocultaba; pero me guardé muy bien de exteriorizar mi
opinión.
El profesor tomó entonces el libro y el pergamino, y lo comparó uno con otro.
-Estos dos manuscritos no están hechos por la misma mano -dijo-; el criptograma es
posterior al libro, tengo de ello la evidencia. En efecto, la primera letra es una doble M
que en vano buscaríamos en el libro de Sturluson, porque no fué incorporada al alfabeto
islandés hasta el siglo XIV. Por consiguiente, entre el documento y el libro median por la
parte más corta dos siglos.
Esto parecióme muy lógico; no trataré de ocultarlo.
-Me inclino, pues, a pensar -prosiguió mi tío-, que alguno de los poseedores de este
libro trazó los misteriosos caracteres. Pero, ¿quién demonios sería? ¿No habría escrito su
nombre en algún sitio?
Mi tío levantóse las gafas, tomó una poderosa lente y pasó minuciosa revista a las
primeras páginas del libro. Al dorso de la segunda, que hacía de anteportada, descubrió
una especie de mancha, que parecía un borrón de tinta; pero, examinada de cerca.
distinguíanse en ella algunos caracteres borrosos.
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