Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.4
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cubrirse de hojas, llegada la primavera, remozábala con un alegre verdor.
Mi tío, para profesor alemán, no dejaba de ser rico. La casa y cuanto encerraba, eran de
su propiedad. En ella compartíamos con él la vida su ahijada Graüben, una joven
curlandesa de diez y siete años de edad, la criada Marta y yo, que, en mi doble calidad de
huérfano y sobrino, le ayudaba a preparar sus experimentos.
Confieso que me dediqué con gran entusiasmo a las ciencias mineralógicas; por mis
venas circulaba sangre de mineralogista y no me aburría, jamás en compañía de mis
valiosos pedruscos.
En resumen, que vivía feliz en la casita de la König-strasse, a pesar del carácter
impaciente de su propietario porque éste, independientemente de sus maneras brutales,
profesábame gran afecto. Pero su gran impaciencia no le permitía aguardar, y trataba de
caminar más aprisa que la misma naturaleza.
En abril, cuando plantaba en los potes de loza de su salón pies de reseda o de
convólvulos, iba todas las mañanas a tirarles de las hójas para acelerar su crecimiento.
Con tan original personaje, no tenía más remedio que obedecer ciegamente; y por eso
acudía presuroso a su despacho.
II
Era éste un verdadero museo. Todos los ejemplares del reino mineral se hallaban
rotulados en él y ordenados del modo más perfecto, con arreglo a las tres grandes
divisiones que los clasifican en inflamables, metálicos y litoideos.
¡Cuán familiares me eran aquellas chucherías de la ciencia mineralógica! ¡Cuántas
veces, en vez de irme a jugar con los muchachos de mi edad, me había entretenido en
quitar el polvo a aquellos grafïtos, y antracitas, y hullas, y lignitos y turbas! ¡Y los
betunes, y resinas, y sales orgánicas que era preciso preservar del menor átomo de polvo!
¡Y aquellos metales, desde el hierro hasta el oro, cuyo valor relativo desaparecía ante la
igualdad absoluta de los ejemplares científicos! ¡Y todos aquellos pedruscos que
hubiesen bastado para reconstruir la casa de la Königstrasse, hasta con una buena
habitación suplementaria en la que me habría yo instalado con toda comodidad!
Pero cuando entré en el despacho, estaba bien ájeno de pensar en nada de esto; mi tío
solo absorbía mi mente por completo. Hallábase arrellanado en su gran butacón, forrado
de terciopelo de Utrecht, y tenía entre sus manos un libro que contemplaba con profunda
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