Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.2
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prestasen a sus explicaciones, ni el éxito que como consecuencia de ella, pudiesen
obtener en sus estudios; semejantes detalles teníanle sin cuidado. Enseñaba
subjuntivamente, según una expresión de la filosofía alemana; enseñaba para él, y no para
los otros. Era un sabio egoísta; un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando de él se
quería sacar algo. Era, en una palabra, un avaro.
En Alemania hay algunos profesores de este género.
Mi tío no gozaba, por desgracia, de una gran facilidad de palabra, por lo menos cuando
se expresaba en público, lo cual, para un orador, constituye un defecto lamentable. En sus
explicaciones en el Johannaeum, se detenía a lo mejor luchando con un recalcitrance
vocablo que no quería salir do sus labios; con una de esas palabras que se resisten, se
hinchan y acaban por ser expelidas bajo la forma de un taco, siendo éste el origen de su
cólera.
Hay en mineralogía muchas denominaciones, semigriegas, semilatinas, difíciles de
pronunciar; nombres rudos que desollarían los labios de un poeta. No quiero hablar oral
de esta ciencia; lejos de mí profanación semejante. Pero cuando se trata de las
cristalizaciones romboédricas, de las resinas retinasfálticas, de las selenitas, de las
tungstitas, de los molibdatos de plomo, de los tunsatatos de magnesio y de los titanatos de
circonio, bien se puede perdonar a la lengua más expedita que tropiece y se haga un lío.
En la ciudad era conocido de todos este bien disculpahle defecto de mi tío, que muchos
desahogados aprovechaban para burlarse de él, cosa que le exasperaba en extremo; y su
furor era causa de que arreciasen las risas, lo cual es de muy malgusto hasta en la misma
Alemania. Y si bien es muy cierto que contaba siempre con gran número de oyentes en su
aula, no lo es menos que la mayoría de ellos iban sólo a divertirse a costa del catedrático.
Como quiera que sea, no me cansaré de repetir que mi tío era un verdadero sabio. Aun
cuando rompía muchas veces las muestras de minerales por tratarlos sin el debido
cuidado, unía al genio del geólogo la perspicacia del mineralogista. Con el martillo, el
punzón, la brújula, el soplete y el frasco de ácido nítrico en las manos, no tenía rival. Por
su modo de romperse, su aspecto y su dureza, por su fusibilidad y sonido, por su olor y su
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