Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.50
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prometida de Fabián, la esposa de Drake. La fatalidad los había reunido en el mismo
buque. Fabián no le había reconocido, aunque había gritado: « ¡Ella! » ¿ Cómo había de
reconocerla? Pero no se había engañado al decir: «¡Una loca!» Lo estaba sin duda. ¡El
dolor, la desesperación, su amor muerto en su corazón, el contacto del hombre indigno
que la había robado a Fabián, la ruina, la miseria, la vergüenza, habían destrozado su
alma! De esto hablábamos al otro día con Corsican. No dudábamos de la identidad de
aquella joven. Era Elena, a quien Drake arrastraba consigo al continente americano,
asociándola aún a su vida de aventuras. Los ojos del capitán chispeaban, al acordarse de
aquel miserable. Mi corazón estallaba. ¿Qué podíamos contra él, marido y amo? Nada.
Pero lo más importante era impedir un nuevo encuentro de Fabián y Elena, porque el
joven acabaría por reconocer a su prometida, lo cual daría lugar a la catástrofe que
queríamos evitar. Aún podíamos conseguir que aquellos dos seres desventurados no
volvieran a verse. La pobre Elena no se presentaba nunca de día en los salones ni sobre
cubierta. Sólo de noche, esquivando a su carcelero, sin duda, se bañaba en aquel aire
húmedo, pidiendo a la brisa un pasajero alivio. Dentro de cuatro días lo más, el
Great-Eastern habría llegado a Nueva York. Podíamos, pues, confiar en que la
casualidad no burlaría nuestra vigilancia, y en que Fabián ignoraría siempre que Elena
había hecho con él la travesía del Atlántico. Pero el hombre propone y Dios dispone.
La dirección del buque había variado algo durante la noche. Tres veces, habiendo
acusado el agua del cubo 270 Farenheit, es decir, de 3 a 4 grados centígrados bajo cero,
había bajado hacia el Sur. Era indudable que teníamos muy cerca grandes hielos. Aquella
mañana presentaba el cielo un brillo singular, la atmósfera era blanca; todo el Norte
estaba aclarado por una reverberación intensa, producida evidentemente por el poder
reflector de los ventisqueros y bancos de hielo. Una brisa penetrante atravesaba el
espacio, y a las diez, una nevada de finísimos copos, espolvoreó de blanco la cubierta del
buque. Después se elevó un banco de brumas, en medio del cual señalamos nuestra
presencia con silbidos atronadores y continuos, que espantaron a las bandadas de aves
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