Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.49
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retirarnos, quisimos permanecer aún algún tiempo sobre cubierta, como dos lugareños
pacíficos en la plaza de su pueblo.
Al parecer estábamos solos. Pero nuestros ojos, así que se hubieron habituado a la
oscuridad, distinguieron un hombre, completamente inmóvil, asomado al pasamanos.
Corsican, después de examinarle atentamente, me dijo:
-¡Es Fabián!
Efectivamente, él era. Pero no nos vio, pues se hallaba completamente estático, en
muda contemplación, con la mirada fija en un ángulo de las cámaras; sus ojos brillaban
en la sombra. ¿Qué miraba? ¿Cómo podía atravesar aquella profunda oscuridad? Aunque
según mi modo de ver, lo mejor era dejarle en paz, Corsican, acercándose a él, le dijo:
-¿Fabián?
Fabián no respondió. No le había oído. Corsican le llamó otra vez. Fabián se
estremeció, volvió un momento la cabeza y dijo:
-¡Silencio!
Después, señaló con la mano una sombra que se movía lentamente, al extremo de la
línea de las cámaras. Después, sonriendo con tristeza, murmuró:
-¡La dama negra!
Me agitó un estremecimiento; sentí que Corsican, cuyo brazo estaba unido al mío, se
estremecía también. Aquella era la aparición anunciada por Pitferge.
Fabián había vuelto a sumirse en su contemplación soñadora. Yo, con el pecho
oprimido, con la mirada vaga, veia aquella forma humana, medio delineada en la sombra,
que pronto marcó sus contornos con más claridad. Adelantaba, vacilaba, se detenía,
volvía a caminar, más bien deslizándose que andando. ¡Un alma errante! A diez pasos de
nosotros se detuvo. Entonces pude distinguir la forma de una mujer esbelta, envuelta con
una especie de albornoz pardo y con la cara oculta por un espeso velo.
-¡Una loca! Una loca, ¿verdad? -murmuró Fabián.
Y era una loca, en efecto. Pero Fabián no hablaba con nosotros, sino consigo mismo.
Pero aquella pobre criatura se acercó más aún. Me pareció ver brillar sus ojos al través
de su velo cuando se fijaron en Fabián. Se acercó a él. Fabián se levantó electrizado. La
tapada le puso la mano sobre el corazón como para contar sus latidos... Después,
huyendo, desapareció.
Fabián cayó de rodillas, con las manos extendidas.
-¡Ella! -murmuró.
Y luego, sacudiendo la cabeza:
-¡Qué alucinación! -dijo.
El capitán Corsican le cogió la mano, diciendo:
-¡Ven, Fabián; ven!
Y arrastró tras sí a su desdichado amigo.
CAPÍTULO XX
Corsican y yo no abrigábamos la menor duda de que aquella sombra era Elena, la
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