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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.46

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Pero aquella vez no se trataba de hacer juegos de manos. James
Anderson contó la historia del cable transatlántico que él mismo había colocado. Enseñó
pruebas fotográficas que representaban los aparatos para la inmersión, e hizo circular el
modelo del empalme de los trozos del cable. En una palabra, mereció los tres aplausos
que acogieron su conferencia, parte de los cuales correspondían de derecho al
promovedor de la empresa, al honorable Cyrus Field, presente en la reunión.


CAPÍTULO XVIII

Al amanecer del 3 de abril, presentaba el horizonte el matiz particular que los ingleses
llaman blink. Era una reverberación blanquecina, que anunciaba próximos hielos.
Efectivamente, navegábamos en las aguas donde flotan las primeras moles de hielo que
salen del golfo de Davis, destacándose de los imnensos bancos. Para evitar encuentros
con ellos se organizó una vigilancia especial.
Soplaba una fuerte brisa del Oeste. Jirones de nubes, verdaderos andrajos de vapores
barrían la superficie del mar. Por sus agujeros se veía el azul del cielo. Oíase el sordo her-
vor de las olas, despeinadas por el viento, y las gotas de agua, pulverizadas, se resolvían
en espuma.
Ni Fabián, ni Corsican, ni Pitferge habían subido aún a cubierta. Me dirigí hacia la
proa. Allí las paredes, al acercarse, forman un ángulo resguardado, un retiro en el cual un
ermitaño hubiera podido vivir alejado del mundo. Me coloqué en aquel rincón, sentado
en un rollo de cable y con los pies sobre una enorme poleo. El viento de proa rozaba la
cresta de mi masa cubridora sin llegar a mi cabeza. El sitio era bueno para hacer castillos
en el aire. Mis ojos abrazaban toda la extensión del buque. Podía seguir sus largas líneas,
algo encorvadas, que se dirigían hacia la popa. En primer término, un gaviero, agarrado a
los obenques de trinquete con una mano, trabajaba con la otra con admirable destreza.
Más abajo el oficial de cuarto, de espalda al viento y envuelto en su capote de capucha,
resistía los envites del viento. Del mar sólo distinguía una línea estrecha de horizonte,
trazada por detrás de los tambores. Arrastrado por sus poderosas máquinas, el buque,
cortando las ondas con su afilado estrave, se estremecía, como los costados de una
caldera cuyo fuego se activa poderosamente.


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