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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.45

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y el chubasco. ¡Le gustaba aquello! ¡Y eso que el buque bailaba como quería!
Las aguas del cielo y del mar se confundían en la bruma a pocos cables de distancia. La
atmósfera era gris. Algunas aves pasaban chillando, por entre la húmeda niebla. A las
diez, por la banda de estribor, se señaló una fragata que corría viento en popa, pero no se
pudo reconocer su nacionalidad.
A eso de las once, el viento amainó, volviendo dos cuartos. La brisa se echó al N. O. y
la lluvia cesó de pronto. Algu nos claros entre las nubes dejaron ver el azul del cielo. El
sol apareció un momento y pudo hacerse una observación He aquí su resultado.


Lat. 460 29´ N.
Long. 420 25´ O.
Dist. 256 millas.

Por lo visto, a pesar de la mayor presión de las calderas la velocidad del buque no había
aumentado. Pero la culpa era del viento Oeste, que, atacando de proa al buque, retardaba
su marcha.
A las dos volvió a esperarse la niebla, mientras la brisa refrescaba. La bruma era tan
densa que los oficiales, colocados en sus puestos, no veían a los marineros que estaban a
proa. Semejantes vapores acumulados, son el mayor peligro de la navegación, pues dan
lugar a encuentros imposibles de evitar; un choque en el mar es peor que un incendio.
Así, en medio de las brumas, oficiales y marineros vigilaban con un cuidado que no les
fue superfluo, pues a eso de las tres apareció una fragata a doscientos metros del Great-
Eastern, sus velas, destrozadas por el viento, no gobernaban El Great-Eastern, gracias a
la prontitud con que la gente de cuarto dio la señal al timonel, pudo evitar pasarla por ojo
Las señales, muy bien entendidas, se hacían por medio de una campana colocada en la
toldilla de proa. Un golpe significaba buque a proa; dos, buque a estribor, tres, buque a
babor. El hombre que se hallaba a la barra gobernaba convenientemente, evitando el
abordaje.
Siguió el viento refrescando hasta la noche. Pero los balanceos disminuyeron, porque la
mar, cubierta ya por los bancos de Terranova, no podía moverse. Mister Anderson
anunció, para aquella noche, un nuevo «entretenimiento». Los salones se llenaron de
gente a la hora marcada.


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