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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.44

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francés Paul V. nos propinó unos valses inéditos, que fueron aplaudidos estrepitosamente.
El médico del buque, joven rubio y presuntuoso, leyó una escena bufa, parodia de la
Dama de Lyon, drama muy conocido en Inglaterra.
Al burlesco sucedió el entertainment. ¿Qué nos preparaba, bajo este nombre, mister
Anderson? ¿Un sermón o una conferencia? Ni uno ni otro. Sir James Anderson se levantó
sonriendo siempre, sacó de su bolsillo una baraja, y después de remangar los blancos
puños de su camisa, hizo juegos de manos tan sencillos como graciosos. Bravos y
aplausos.
Después del Happy moment de mister Norville y del Your remember de Mr. Ewing, el
programa anunciaba el God save the Queen. Pero algunos americanos rogaron al francés
Paul V. que cantara el himno nacional de Francia, y mi dócil compatriota entonó el
principio del inevitable Partant pour le Siry. Enérgicas reclamaciones de un grupo de
nordistas que deseaban oír La Marsellesa. El obediente pianista, sin hacerse rogar, con
una condescendencia que revelaba tanta facilidad musical como profundidad de
convicciones, atacó vigorosamente el canto de Rouget de L´Isle. Aquel fue el triunfo del
concierto. Después la reunión, en pie, entonó lentamente el cántico nacional que «ruega a
Dios que guarde a la Reina».
En resumen, el concierto valió lo que valen los conciertos caseros; los autores y sus
amigos estaban de enhorabuena. Fabian no asistió a él.


CAPÍTULO XVII

El mar, en la noche del lunes al martes, estuvo bastante agitado. Los tabiques gimieron
y bailaron los fardos. Cuando subí a cubierta, a las siete de la mañana, llovía. Refrescó el
viento, y el oficial de cuarto mandó cargar las velas. El buque, sin apoyo, empezó a
columpiarse de firme. La cubierta estaba despejada y hasta los salones se hallaban poco
concurridos. Las dos terceras partes de los pasajeros faltaron al lunch y a la comida. No
fue posible jugar al whist, porque las mesas se escapaban bajo las manos de los
jugadores. Los dados eran imposibles. Algunos valientes leían o dormían, tendidos en los
escaños. No era peor aguantar la lluvia sobre cubierta. Los marineros, vestidos de S. 0. y
con sacos, impermeables, paseaban filosóficamente. El segundo, bien envuelto en su
abrigo de caoutchouc, hacía su cuarto. Sus ojuelos brillaban de contento entre las ráfagas


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