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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.43

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Parecían mascarones
esculpidos en las volutas del techo.
En los umbrales de las puertas hormigueaban los camareros. Los espectadores de
ambos sexos estaban sentados en los escaños de los lados y en butacas y sillas colocadas
alrededor del piano, fuertemente atornillado entre las dos puertas del salón de señoras y al
cual todos daban frente. A veces un estremecimiento - agitaba la concurrencia: todas las
cabezas, a modo de oleada, tomaban una misma dirección; unos a otros se apretaban, sin
hablar ni bromear. No había peligro de caer, gracias a lo prensados que estaban. Empezó
la función con el Ocean-Time. Era el Ocean-Time un diario político, comercial y literario,
que algunos pasajeros habían fundado para las necesidades de a bordo. Ingleses y
americanos son muy dados a tales pasatiempos. Redactan su hoja durante el día. Si los
redactores no son gran cosa, tampoco lo son los lectores. Poco les basta.
El número del 1.º de abril contenía un artículo bastante pesado sobre política general,
gacetillas que no hubieran hecho reír a ningún francés, noticias de Bolsa bastante sosas,
telegramas muy tontos y algunas descoloridas noticias de actualidad. Semejantes bromas
sólo divierten, si acaso, a sus autores. El honorable Macalpine, americano dogmático,
leyó con convicción aquellas elucubraciones, entre los aplausos de la concurrencia, y
terminó con estas noticias:
«Se anuncia que el presidente Johnson ha abdicado en el general Grant.
»Se da como cosa cierta que el papa Pío IX ha designado para sucederle al príncipe
imperial.
»Dícese que Hernán Cortés ha acusado de plagiario a Napoleón III por su conquista de
Méjico.»
Así que el Ocean-Time hubo recibido suficiente cosecha de aplausos, el honorable
mister Living, un tenor bastante buen mozo, suspiró la hermosa isla del mar, con toda la
aspereza de una garganta inglesa.
La lectura «reading» me pareció de interés muy dudoso. Un digno hijo de Tejas leyó,
en voz alta, algunos párrafos de un libro que había empezado a leer en voz baja. Fue muy
aplaudido.
El Canto del pastor, para piano solo, por mistress Alloway, inglesa que tocaba con la
fuerza de un rubio picapedrero, como hubiera dicho Teófilo Gautier, y una pantomima
escocesa del doctor T... dieron fin a la primera parte del programa.
Después de un entreacto de diez minutos, durante el cual nadie abandonó su puesto, el


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