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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.41

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El doctor
me citó el nombre de un oficial que se hallaba en presidio, hace mucho tiempo, por haber
herido de muerte a su enemigo, en un desafío leal. Esto hace comprender por qué ha
desaparecido el desafío de las costumbres británicas.
Con un hermoso sol, la observación del mediodía fue muy buena. Dio 480 47´ de latitud,
360 48´ de longitud y sólo 250 millas como carrera. El transatlántico de peor fama tenía
derecho a ofrecernos remolque. El capitan Anderson estaba muy disgustado; el ingeniero
atribuía la poca presión a la poca ventilación de los nuevos fogones, pero yo creo que la
falta consistía en haber disminuido imprudentemente el diámetro de las ruedas.
Pero, a las dos, mejoró la marcha. La actitud de los dos prometidos me reveló la
novedad. Apoyados en la borda de estribor, palmoteaban y gritaban, muy contentos.
Miraban, sonriendo, los tubos de escape que se elevaban a lo largo de las chimeneas del
Great-Eastern, cuyos orificios se coronaban de un ligero vapor blanquecino. La presión
había subido en las calderas de la hélice, y el poderoso agente forzaba sus válvulas, a
pesar de su carga. de 21 libras. No era aquello aun más que una débil respiracion, un
tenue aliento, pero los jóvenes lo bebían con sus ojos. No, ¡no fue más feliz Dionisio
Papin cuando vio medio levantada la tapadera de su célebre marmita!
-¡Humean! ¡Humean! -exclamó la joven miss, en tanto que un ligero vapor se escapaba
también de sus labios entreabiertos.
-Vamos a ver la máquina -respondió él, estrechando bajo su brazo el de su futura.
Pitferge y yo seguimos a la enamorada pareja.
-¡Qué hermosa es la juventud! -repetía el doctor.
-¡Sí -decía yo-, la juventud entre dos!
Pronto estuvimos también nosotros asomados a la escotilla de la máquina de la hélice.
En el fondo de aquel vasto pozo, a 60 pies de profundidad, distinguimos los cuatro
grandes émbolos horizontales que se embestían, humedeciéndose a cada movimiento con
una gota de aceite lubrificador.
El joven tenía su reloj en la mano, y ella apoyada en su hombro, seguía la manecilla de
los segundos. Él, en tanto, contaba las vueltas de la hélice.
-¡Un minuto! -dijo ella.
-¡Treinta y siete vueltas! -respondió él.
-¡Treinta y siete y media! -dijo el doctor, que fiscalizaba la operación.


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