Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.40
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lo maravilloso; pero no pudo, sin embargo, contener una sonrisa de incredulidad.
-Me parece -dijo el doctor-, que el capitán no da entero crédito a mis leyendas.
-¡Mucho!... ¡Es mucho decir! -repuso Corsican.
-¿No creeréis más, capitán, si os demuestro que en este buque, por la noche, aparecen
fantasmas?
-¿Fantasmas? ¡Cómo! ¿También hay aparecidos? ¿Lo creéis?
-Creo -respondió el doctor-, todo lo que me refieren personas dignas de crédito. Sé, por
los oficiales de cuarto y por los marineros, unánimes sobre este punto, que en las noches
oscuras, una sombra, una forma indecisa, pasea por el buque. ¿Cómo viene? No se sabe.
¿Cómo desaparece? Tampoco se sabe.
-¡Por San Dustaní! ¡La acecharemos juntos! -exclamó Corsican.
-¿Esta noche? -preguntó el doctor.
-Sí. Y vos -añadió Corsican, volviéndose hacia mí-, ¿nos acompañaréis?
-No -dije-. No quiero turbar el incógnito del fantasma. Prefiero creer que el doctor se
chancea.
-No me chanceo -repuso el terco Pitferge.
-¡Vamos, doctor! -le dije-. ¿Creéis formalmente en los muertos que recorren las
cubiertas de los buques?
-Creo en los muertos que resucitan -contestó el doctor-. Esto es tanto más extraño
cuanto que soy médico.
-Médico -dijo Corsican, como si le asustase la palabra.
-No os alarméis, capitán -respondió el doctor sonriendo amistosamente-. En viaje, no
ejerzo.
CAPÍTULO XV
Al día siguiente, primero de abril, el mar presentaba un aspecto primaveral. Reverdecía,
a los primeros rayos del sol, como una pradera. Aquella madrugada de abril en el Océano
era soberbia. Las olas se desenvolvían voluptuosas, y algunas marsoplas saltaban como
clowns, en la láctea estela del buque.
Encontré a Corsican, que me hizo saber que el aparecido anunciado por el doctor no
había juzgado oportuno dejarse ver. Sin duda, la noche le habría parecido demasiado
clara. Ocurrióseme la idea que aquello podía muy bien haber sido una chanza de Pitferge,
autorizada por el primer día de abril, pues semejante costumbre está muy admitida en
Inglaterra y en América, así como en Francia. No faltaron bromistas y burlados; unos se
enfadaban, otros se reían. Hasta se cambiaron algunas puñadas, pero éstas entre sajones,
no se transforman nunca en estocadas. Sabido es, en efecto, que el desafío tiene, en
Inglaterra, penas muy severas. Ni los militares pueden batirse, cualquiera que sea la razón
que aleguen. El matador es condenado a las penas más aflictivas e infamantes.
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