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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.39

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Anderson, amo después de Dios, hacía las veces de ministro a bordo, en medio del vasto
Océano, hablando a aquella multitud suspensa sobre el abismo, con derecho al respeto
hasta de los más indiferentes. Si el oficio se hubiera limitado a una lectura, todo hubiera
ido bien; pero al capitán sucedió un orador que llevó la pasión y la insolencia al templo
de la tolerancia y del recogimiento.
El orador era el reverendo que ya conocemos, el hombrecillo vivaracho, el intrigante
yanqui, uno de esos ministros tan influyentes en los Estados de Nueva Inglaterra. Tenien-
do ya el sermón arreglado, no quiso dejar de aprovechar la la ocasión, aunque fuera
asiéndola de un cabello. No hubiera hecho lo mismo el amable Jorick. Miré a Pitferge,
que no pestañeaba, dispuesto a resistir el fuego del predicador.
Este abotonó gravemente su levita negra, sacó el pañuelo, tosió, y envolviendo a los
presentes en una mirada circular:
-Al principio -dijo-, Dios creó América en seis días y el séptimo descansó.
Oído esto, tomé las de Villadiego.


CAPÍTULO XIV

Durante el lunch, el doctor Pitferge me dijo que el reverendo había desarrollado
admirablemente su tema. Los monitores, los espolones de guerra, los fuertes acorazados,
los torpedos, todos estos artificios habían figurado en su discurso. Él mismo se había
engrandecido con toda la grandeza de América. Si a América la halaga verse ensalzada
de este modo, no os lo puedo decir.
Al entrar en el gran salón, leí:

Lat. 500 8´ N.
Long. 300 44´ O.
Car. 255 millas.

El mismo resultado. No habíamos recorrido aun más que 1.100 millas, contando las 310
que hay de Fastenet a Liverpool. La tercera parte del viaje, aproximadamente. Durante el
resto del día, marineros oficiales, pasajeros, continuaron «descansando», como Dios
después de crear América». No resonaba ningún piano en los salones. Los juegos de
damas no salieron de sus cajas ni las barajas de sus estuches. Aquel día tuve ocasión de
presentar el doctor Pitferge al capitán Corsican. Mi original logró entretener a Corsican,
refiriéndole la historia secreta del Great-Eastern, con el objeto de convencerle de que era
un buque maldito, embrujado, que necesariamente había de tener mal fin. La leyenda del
maquinista soldado, hizo mucha gracia a Corsican, aficionado como un buen escocés, a


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