Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.38
Indice General
|
Volver
Página 38 de 97
No me hubiera extrañado que los fogoneros
trabajaran con levita negra. Los oficiales e ingenieros llevaban su mejor uniforme con
botones de oro. Los zapatos relucían con brillo británico y rivalizaban con la intensa
irritación de los sombreros encerados. Todos aquellos hombres parecían coronados y cal-
zados de estrellas. El capitán y el segundo daban ejemplo: con guantes nuevos,
abrochados militarmente, relucientes y perfumados, paseaban por las pasaderas,
esperando la hora del oficio.
El mar estaba hermoso y resplandecía bajo los primeros rayos del sol. Ni una vela se
divisaba. El Great-Eastern ocupaba solo el centro geométrico de aquel vasto horizonte.
Las diez sonaron, con intervalos regulares, en la campana. El campanero timonel, en traje
de gala, sacaba del bronce un sonido místico, muy diferente de las notas metálicas con
que acompañaba el silbido de las calderas en medio de las brumas. Se buscaba
instintivamente el campanario del pueblo, que nos llamaba a misa.
Numerosos grupos aparecieron a la entrada de los salones de popa y proa. Hombres,
mujeres y niños estaban vestidos como correspondía al caso. Pronto se llenaron las calles.
Los paseantes cambiaban saludos circunspectos. Cada cual empuñaba su libro de
oraciones, esperando que la campana, cesando de tocar, indicara que habían empezado
los oficios. La bandeja en que solían servirse los bocadillos, pasó por delante de mí,
colmada de Biblias, que fueron repartidas sobre las mesas del templo.
Este era el comedor principal, formado por el salón de popa, y que, por su longitud y
regularidad, recordaba exteriormente el ministerio de Hacienda, de la calle de Rívoli.
Entré. Los fieles «sentados» eran muchos. Reinaba profundo silencio. Los oficiales
ocupaban el testero del templo. Entre ellos, el capitán Anderson, estaba sentado como en
un trono.
El doctor Dean Pitferge, estaba a mi lado, paseando sus ojuelos por todo el auditorio.
Me permito creer que estaba allí más como curioso que como fiel.
A las diez y media levantóse el capitán y empezó el oficio. Leyó en inglés un capítulo
del antiguo Testamento, el décimo del Éxodo. Después de cada versículo, los asistentes
murmuraban el que seguía. El soprano agudo de los niños y el mezzo-soprano de las
mujeres se destacaban del barítono de los hombres. Aquel diálogo bíblico duró media
hora. La ceremonia, sencilla y digna, se ejecutaba con puritana gravedad, y el capitán
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-97
|