Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.37
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Las razones de Corsican eran justas. Fabián no podía ser juez en causa propia. ¡Era ver
muy de lejos! Pero el «puede ser» de las cosas humanas, debía tenerse en cuenta. Me agi-
taba un presentimiento. ¿Sería posible que, en la existencia a bordo, la personalidad
marcadísima de Drake pasara inadvertida a Fabián? Un incidente, una casualidad, un
nombre pronunciado, podía ponerlos fatalmente cara a cara. ¡Ah, cuánto hubiera yo dado
por acelerar la marcha del buque que a ambos los llevaba! Prometí al capitán velar por
nuestro amigo y no perder de vista a Drake; el capitán se comprometió a lo mismo, y
estrechándonos la mano, nos separamos.
Al anochecer, el viento del Sudoeste condensó algunas brumas sobre el Océano. La
oscuridad era grande. Los salones, brillantemente iluminados, contrastan con aquellas
profundas tinieblas. Resonaban sucesivamente, valses y romanzas. Aplausos frenéticos
los acogían siempre, no escaseando los vivas cuando el chusco T... sentándose al piano,
«silbó» una cuantas canciones con el aplomo de un payaso..
CAPÍTULO XIII
El día siguiente, 31, era domingo. ¿Cómo se pasaría el día a bordo? ¿Sería el domingo
inglés o americano, que cierra los «taps» y los «bars» durante los oficios; que detiene la
cuchilla del carnicero sobre la cabeza de su víctima y la pala del panadero a la boca del
horno; que suspende los negocios, que apaga los fogones de las máquinas de vapor y
condensa el humo de las fábricas, que cierra las tiendas, abre las iglesias y hace cesar el
movimiento de los trenes, al contrario de lo que sucede en Francia? Sí, así debía ser, o
poco menos.
En primer lugar, para santificar la fiesta dominical, el capitán no mandó desplegar las
velas, aunque era magnífico el tiempo y favorable el viento. Hubiéramos podido ganar
algunos nudos, pero hubiera sido «improper». Me juzgaba muy afortunado porque se
permitiera a las ruedas y a la hélice dar sus vueltas ordinarias. Cuando pregunté, a un
puritano de a bordo, la razón de aquella tolerancia, respondió con gravedad: «Caballero,
debemos respetar lo que viene de Dios directamente. El viento está en su mano. El vapor
está en la de los hombres.»
Me di por satisfecho y resolví observar lo que pasaba a bordo.
La tripulación estaba de gala y muy limpia.
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