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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.35

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estaba a propósito para observar la altura del sol e iban a hacerlo. Cada uno de ellos tenía
en sus manos un sextante, y miraba de tiempo en tiempo el horizonte del Sur, hacia el
cual los espejos de los instrumentos debían presentar el astro del día.
-Mediodía -dijo de pronto el capitán Anderson.
Acto continuo, un timonel tocó la hora en la campana, y todos los relojes del buque se
arreglaron por el sol que acababa de pasar por el meridiano.

Lat. 150 10´ N.
Long. 240 13´ N.
Carrera, 237 millas. - Distancia, 550.

Desde el día anterior, a las doce, habíamos recorrido 237 millas. En aquel momento era
la una y cuarenta y nueve minutos en Greenwich, y el Great-Eastern se encontraba a 155
millas de Fastenet.
No vi a Fabián en todo el día. Varias veces me acerqué a su camarote y pude
cerciorarme de que no había salido.
El gentío de la cubierta debía disgustarle. Buscaba la soledad. Pero encontré a Corsican
y paseamos juntos por espacio de una hora. Se habló de Fabián y no pude menos de
referir al capitán lo ocurrido el día anterior entre él y yo.
-Sí -dijo Corsican, con una agitación que no trataba de ocultar-; ¡hace diez años nuestro
amigo podía llamarse el más feliz de los hombres, y hoy es el más desventurado!
Arquibaldo me hizo saber, en pocas palabras, que Fabián había conocido en Bombay a
una joven encantadora, miss Hodges. La amaba y era correspondido. Nada parecía opo-
nerse a que el matrimonio los uniera, cuando la joven, con el consentimiento de su padre,
fue solicitada por el hijo de un comerciante de Calcuta. Era un «negocio», sí, un negocio
ajustado muy de antemano. Hodges, positivista, duro, poco sentimental, se hallaba en una
situación delicada respecto a su corresponsal de Calcuta; aquella boda podía componerlo
todo, y sacrificó la dicha de su hija a su dicha. La pobre niña no pudo resistir. Pusieron su
mano en la de un hombre a quien no amaba y que, probablemente, no la amaba tampoco.
Puro negocio, mal negocio y peor acción. El marido, al otro día del casamiento, se llevó
a su mujer, y Fabián, desde entonces, loco de dolor, herido de muerte, no había vuelto a


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