Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.34
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atreví a preguntarle la causa de su tristeza.
Después de nuestra larga ausencia, a Fabián correspondía confiarse a mí, y a mí guardar
sus confidencias. Me había contado de su vida pasada lo que quería que yo conociera, su
existencia de guarnición de la India, sus cacerías, sus aventuras, pero respecto a los
sentimientos que oprimían su corazón acerca de la causa de los suspiros que elevaba su
pecho, guardaba silencio. Sin duda, no siendo Fabián como los que desahogan su corazón
refiriendo sus penas, debía sufrir más que ellos.
Permanecíamos, pues, asomados al mar, y cuando me volví observé las dos ruedas que
se sumergían alternativamente por efecto del balanceo.
De pronto Fabián me dijo:
-¡Esa estela es verdaderamente magnífica! ¡Parece que se complacen en escribir letras!
¡Mirad cuánta l y cuánta e! ¿Me engaño acaso? ¡No! ¡No! ¡Son letras! ¡Y siempre las
mismas!
La imaginación sobreexcitada de mi pobre amigo veía lo que quería ver. Pero, ¿qué
significaban aquellas letras? ¿Qué recuerdo evocaban en su corazón?
Fabián, que había vuelto a ensimismarse, me dijo bruscamente:
-¡Vámonos! ¡Ese abismo me atrae!
-¿Qué tenéis, Fabián? -le pregunté, estrechando sus dos manos-. ¿Qué tenéis, querido
amigo?
-Tengo ---dijo apretándose el pecho-, tengo un mal que será mi muerte.
-¿Un mal? ¿Un mal incurable?
-Sin esperanza.
Y sin decir más, Fabián bajó al salón y entró en su camarote.
CAPÍTULO XII
Al otro día, sábado 30 de marzo el tiempo era hermosísimo. Brisa suave, mar tranquila.
Los fogones, activamente alimentados, habían hecho aumentar la presión. La hélice daba
treinta y seis vueltas por minuto. La velocidad del Great-Eastern pasaba de doce nudos.
El.viento había caído hacia el Sur. El segundo mandó largas las gavias y la cangreja,
que apoyando al buque hicieron cesar los balances. Como el sol era tan brillante, las se-
ñoras subieron a sus toldillas, unas a pasear, otras a hacer labor, sentadas -iba a decir
sobre el césped-, bajo los árboles. Los vestidos eran de primavera. Los niños, que no sa-
lían hacía dos días, volvieron a sus juegos; algunos coches de muñecas corrían a escape.
Solo faltaban unos cuantos soldados con las manos en los bolsillos y la cabeza engallada
para que aquello fuera un paseo francés.
A las doce menos cuarto, el capitán y dos oficiales subieron a la paralela; el tiempo
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