Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.29
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una pieza, había numerado convenientemente cada nota y cada tecla. Al leer la nota
acotada con 27, tocaba la tecla 27, sin ocuparse del eco de los otros pianos, ni de los otros
ruidos, ni de los chiquillos traviesos que golpeaban con el puño cerrado sus octavas
desocupadas.
Durante el concierto, los asistentes leían los libros desparramados por las mesas. El que
hallaba un pasaje interesante, lo leía a gritos, y los circunstantes le saludaban agradecidos
con un lisonjero murmullo. Algunos diarios yacían sobre los escaños, diarios de esos
ingleses o americanos, que parecen viejos aunque sus hojas no están cortadas. Es incó-
moda operación la de desplegar aquellas sábanas de papel de algunos metros cuadrados.
Pero siendo la moda no cortar, no se corta. Tuve un día la paciencia de leer de cabo a
rabo y de esta manera el New-York-Herald, pero mi paciencia quedó al fin recompensada
con la lectura de este anuncio: «M. Z. ruega a la linda M. X. a quien ayer encontró en el
ómnibus de la calle 25, que pase mañana a visitarle, cuarto número 17 de la fonda de San
Nicolás, para arreglar su matrimonio.» ¿Qué haría la linda young X? No quiero saberlo.
Mirando y charlando, pasé aquella tarde en el salón. Habiendo venido Pitferge a
sentarse a mi lado, la conversación no podía dejar de ser interesante.
-¿Estáis mejor, después de vuestra caída? -le pregunté.
-Perfectamente. Pero esto no anda bien.
-¿Quién anda mal? ¿Vos?
-No, el buque. Funcionan pésimamente las calderas de la hélice. No hay presión
bastante.
-¿Deseáis, pues, llegar a Nueva York?
-¡De ninguna manera! Hablo como mecánico, ni más ni menos. Estoy en mi centro y
sentiría mucho que se disolviera este grupo de tipos reunidos por la casualidad para diver-
tirtne.
-¡Tipos! -exclamé mirando a los pasajeros que afluían al salón-. Todas estas gentes son
iguales.
-¡Bah! -dijo el doctor-. No los conocéis. Convengo en que hay sólo una especie, pero
¡cuántas variedades tiene! Mirad aquel grupo de despreocupados, con las piernas tendidas
sobre los divanes y el sombrero ladeado. Son yanquis, legítimos yanquis de los pequeños
estados de Maine, de Vermont o del Connecticut, productos de Nueva Inglaterra,
hombres de cabeza y de acción, algo demasiado crédulos con los reverendos, pero que
estornudan sin volver la cara.
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