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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.26

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Un ingeniero americano logró enganchar unas
cadenas en el azafrán del timón, dándonos medio de gobernar. El Great-Eastern logra,
por fin, levantarse y, ocho días después de nuestra salida de Liverpool, entrábamos en
Queenstown. ¿Quién sabe dónde estaremos dentro de ocho días?

CAPÍTULO IX

Preciso es confesar que no era tranquilizadora la promesa del doctor. Las pasajeras
hubieran chillado de miedo al oírle. ¿Se burlaba o no? ¿Era verdad que seguía todas las
travesías del Great-Eastern para asistir a una catástrofe? Todo es posible en un
excéntrico, sobre todo si es inglés.
Pero el buque continuaba caminando, meciéndose como una piragua, guardando
imperturbable la línea loxodrómica de los buques de vapor. En un plano, la línea más
corta entre dos puntos dados es la recta, pero, en una esfera, lo es el arco del círculo
máximo que los une. Los buques para abreviar su travesía, procuran seguir esta línea;
pero los de vela, cuando tienen viento de proa, no pueden conservarse en ella. Sólo los
buques de vapor pueden seguir rigurosamente los círculos máximos. Esto fue lo que hizo
el Great-Eastern, elevando algo su ruta al Noroeste.
Continuaban los balances. El mareo, esa enfermedad horrible, contagiosa y epidémica,
hacía rápidos progresos. Algunos pasajeros, pálidos, ojerosos, permanecían sobre cu-
bierta para aspirar el aire libre. La mayor parte de ellos vociferaba insultos contra el
buque, que se portaba como una boya, y contra la «Sociedad de fletadores», cuyos
prospectos anunciaban que en el Great-Eastern era imposible el mareo.
A las nueve de la mañana, se señaló un objeto a cuatro millas, a babor. ¿Era un cadáver,
un esqueleto de ballena o un esqueleto de buque? Aún no podía verse. Un grupo de
pasajeros, reunidos sobre la toldilla de proa, observaba aquel resto que flotaba a 400
millas de la costa más cercana.
El Great-Eastern avanzaba hacia aquel objeto. Los anteojos maniobraban sin descanso.
Los comentarios subían de punto; entre, los ingleses y americanos empezaron las
apuestas, aprovechando aquel pretexto, tan bueno como otro cualquiera. Entre ellos había
uno de elevada estatura, cuya cara me llamó la atención por la doblez que revelaba. En
sus facciones estaba estereotipado un sello de odio general, acerca del cual los
fisonomistas y los fisiólogos no se hubieran equivocado; una arruga vertical partía de su


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