Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.24
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Pronto ocurrirá alguna desgracia.
-¿A nosotros?
-Al buque, que es lo mismo.
-Si habláis en serio, ¿por qué os embarcasteis?
-¡Porque tengo ganas de ver a qué sabe un naufragio! -dijo el doctor con la mayor
formalidad.
-¿Es la primera vez que navegáis en este barco?
-No. He hecho en él, como curioso, varias travesías.
-Entonces no os quejéis.
-No me quejo. Hago constar los hechos y espero paciente la hora de la catástrofe.
¿Se burlaba aquel hombre de mí? Sus ojuelos me parecían muy irónicos. Quise
tantearle más.
-Doctor -le dije-, aunque no sé en qué hecho pueden fundarse vuestros pronósticos,
debo advertiros que el Great-Eastern ha atravesado ya veinte veces el Atlántico, y que el
conjunto de sus viajes ha sido satisfactorio.
-¿Qué importa eso? -contestó-. Este buque está embrujado, para emplear la expresión
del vulgo. Su destino está escrito. Todo el mundo lo sabe y nadie se fía de él.
»¡Cuántas dificultades ha habido que vencer para botarlo al agua! Se resistía tanto a
mojarse como el hospital de Greenwich. Creo que su constructor Brunnel murió, como
decimos los médicos, de resultas de la operación.
-¿Sois, acaso, materialista?
-¿A qué viene esa pregunta?
-La hago porque he observado que muchos que no creen en Dios, creen en todo lo
demás, hasta en el mal de ojo.
-Bromead, pero dejadme proseguir argumentando -replicó el doctor-. El Great-Eastern
ha arruinado ya varias compañías. Construido para el transporte de emigrantes y el de
mercancías a Australia, no ha visto Australia. Combinado para dar una velocidad superior
a la de los paquebotes transoceánicos, la ha dado mejor.
-Por consiguiente...
-Esperad -respondió Dean Pitferge-. Se ha ahogado ya uno de los capitanes del
Great-Eastern, y era de los más hábiles, porque sabía cortar las olas de manera que
evitaba este infernal balance.
-Deploremos su muerte, pero nada más.
-Ademas -prosiguió el doctor sin hacer caso de mi incredulidad-, se dice que un
pasajero que se perdió en sus profundidades, como un leñador en los bosques americanos
no ha sido hallado aún.
-¡Hombre! -dije irónicamente-. Eso ya es un hecho.
-También dicen que al hacer las calderas, un maquinista quedó, por descuido, soldado
dentro de una de ellas.
-¡Bravol ¡Un maquinista soldadol ¡E ben trovato! ¿Creéis eso, doctor?
-Lo creo, como creo que nuestro viaje, que ha empezado mal, acabará peor.
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