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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.23

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Agarrado con
una mano al marco de la litera, me vestí con la otra, a fuerza de trabajos. No hubiera po-
dido, sin punto de apoyo, mantenerme en pie, y tuve que sostener con mi levita una
reñida lucha. Dejé luego mi camarote, atravesé, como pude, el salón lleno de revoltosos
fardos y subí, a gatas, la escalera, como un campesino romano que trepara por los
escalones de la Scala Santa de Poncio Pilato, y llegué a la cubierta, donde me aferré
vigorosamente a un guardiamarina.
Nada de tierra a la vista. Habíamos doblado por la noche el cabo Clear, y se distinguía
por todos lados esa circunferencia que trazan las aguas sobre el azul del cielo. Grandes
olas de color de pizarra, que no se deshacían, hinchaban el mar. El Great-Eastern, cogido
al sesgo y no apoyado por vela alguna, se balanceaba espantosamente. Sus palos des-
cribían arcos de círculo, cual si fueran enormes piezas de compás. El oficial de cuarto,
aferrado a la pasadera, se mecía como en un columpio, pues era imposible permanecer en
pie.
Conseguí, de guardiamarina en guardiamarina, ganar el tambor de estribor. La bruma
había dejado muy resbaladiza la cubierta. Al ir a cogerme a la paralela por uno de sus
puntales, un cuerpo llegó rodando a mis pies. Era el doctor Dean Pitferge. Aquel tipo se
puso al punto a gatas y mirándome, exclamó:
-Justo. Las paredes del Great-Eastern describen un arco de 40 grados; veinte de
elevación y otros tantos de depresión.
-¿De veras? -respondí riendo, no por la observación sino por la ocasión en que se hacía.
-¡Tal como suena! -repuso-. La velocidad de las paredes es, durante la oscilación, de un
metro setecientos cuarenta y cuatro milímetros por segundo. Un trasatlántico, que tiene la
mitad de largo, sólo emplea ese tiempo en caer de una a otra borda.
-Entonces -le dije-, puesto que el buque recobra tan pronto la vertical, hay sobra de
estabilidad.
-Sí, ¡para él, pero no para nosotros! -respondió alegremente el doctor- pues, como veis,
recobramos la horizontal mejor que queremos.
Encantado de su réplica, levantóse el doctor y, apoyados uno en otro, logramos llegar a
un banco de la toldilla. Felicité allí a Pitferge, porque sólo tenía algunas desolladuras,
cuando podía haberse roto la cabeza.
-Aún no hemos Regado al fin -me dijo-.


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