Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.22
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bielas, desarrollan 4,27 metros de carrera. La presión media es de 20 libras por pulgada,
cerca de 1,76 kilogramos por centímetro cuadrado, o sea una atmósfera y dos tercios.
La superficie de calor de las cuatro calderas reunidas es de 780 metros cuadrados. Este
«Encine-padole» marcha con majestuosa calma; su excéntrico, arrastrado por el árbol, pa-
rece elevarse como un globo aerostático. Puede dar 12 vueltas de rueda por minuto y
forma contraste con la máquina de la hélice, más veloz y furiosa, impulsada por 1.600
caballos de vapor.
Ésta se compone de cuatro cilindros fijos y horizontales unidos de dos en dos por sus
cabezas.
Sus émbolos, que recorren 1,24 metros, actúan directamente sobre el árbol de la hélice.
Bajo la presión producida por sus seis calderas, cuya superficie de calor es de 1,165 me-
tros cuadrados, la hélice, a pesar de su peso de 60 toneladas, puede dar 48 vueltas por
minuto, pero entonces la máquina, jadeante, oprimida, se desboca en rapidez vertiginosa,
y sus largos cilindros parecen atacarse, tocandose con sus émbolos como dos enormes
carneros.
El Great-Eastern posee, además, seis máquinas auxiliares para la alimentación, las
bombas y los cabrestantes. Como se ve, el vapor desempeña, a bordo un importante papel
en todas las maniobras.
Tal es este buque de vapor, sin par, no parecido a otro alguno.
A pesar de esto, un capitán francés escribió en su diario la inocentada siguiente:
«Encontrado buque, seis palos, cinco chimeneas. Supuesto Great-Eastern.»
CAPÍTULO VIII
La noche del miércoles al jueves fue mala. Mi lecho se agitó extraordinariamente y tuve
que apoyar mis rodillas y codos en su tabla de doble suspensión. Sacos y maletas
danzaban por el camarote. Oíase un estrépito inusitado en el salón inmediato, donde
habían sido depositados, provisionalmente, dos o trescientos fardos que chocaban con las
mesas y bancos. Golpeaban las puertas, gemían los tabiques, vasos y botellas daban
chasquidos en sus móviles suspensiones y caían al suelo, en las cocinas, cataratas de
vajilla. Resonaban también los mugidos de la hélice y los golpes de las ruedas que,
saliendo del agua, alternativamente, azotaban el aire con sus paletas.
Comprendí que, habiendo refrescado el viento, no permanecía ya insensible el buque a
las olas que le cogían a su largo.
Después de una noche de insomnio, me levanté a las seis de la mañana.
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