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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.19

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ocho y media, para el almuerzo; a las doce y media, para el lunch; a las cuatro y media,
para comer, y a las siete y media, para el té. Los pasajeros, despejando las anchas calles,
se hallaron pronto sentados a la mesa; yo me coloqué entre Fabián y el capitán
Arquibaldo.
En los comedores había cuatro filas de mesas. Los vasos y botellas, colocados en
platillos de doble suspensión, conservaban su posición vertical, a pesar de los vaivenes.
El buque no sentía las olas. Hombres, mujeres y niños podían comer y beber sin peligro.
Gran número de atentos camareros hacía correr, en torno de las mesas, exquisitos platos,
y suministraba a cada pasajero, con arreglo a la lista que formaba, vinos y dulces que se
pagaban aparte. Distinguíanse los californianos por su afición al champaña.
Una lavandera, enriquecida en los lavaderos de San Francisco, bebía, en compañía de
su marido, aduanero retirado, «Cliquot» a tres dólares botella. Algunas misses escuálidas
y descoloridas engullían tajadas de vaca chorreando sangre. Largas ladyes, con defensas
de marfil, vaciaban en las hueveras los huevos pasados por agua. Otras saboreaban apio
del desierto, con marcada satisfacción. Todos trabajaban con fervor. Aquello era una
fonda en pleno París, no en pleno Océano.
Tomado el lunch, se poblaron otra vez las toldillas. Los conocidos se saludaban al paso,
como los paseantes de Hyde Park. Los niños saltaban, corrían, jugaban con sus aros y ba-
lones, como si estuvieran sobre la arena en las Tullerías. Casi todos los hombres fumaban
paseando. Las señoras charlaban, sentadas en sillas de tijera. Las ayas y niñeras cuidaban
de los niños. Algunos americanos panzudos se columpiaban en sillones de balancín. Los
oficiales del buque iban y venían, unos observando la aguja, otros respondiendo a las
preguntas, algunas harto inocentes o ridículas, de los viajeros. Entre los resoplidos de la
brisa se oían los ecos de un órgano colocado en el salón de popa y los de dos o tres pianos
de «Pleyel» que en los salones -bajos se hacían una competencia lamentable.
A eso de las tres, resonaron estrepitosas voces de triunfo, y los viajeros cubrieron las
toldillas. El Great-Eastern pasaba a dos cables de un paquebote al que había adelantado.
Era el Dropontis, con rumbo a Nueva York, que saludó al gigante de los mares, a quien


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