Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.18
Indice General
|
Volver
Página 18 de 97
marinos que seáis. La última carta que hace seis meses fechasteis en Bombay, me hacía
creer que estabais en el regimiento.
-Estábamos con él hace tres meses, pasando aquella vida de los oficiales del ejército de
la India, medio labriega, medio militar, en la cual se organizan más cacerías que
columnas de operaciones. Os presento, en el capitán Arquibaldo, el terror de los juncales,
el gran matador de tigres. Pero aunque muchachos y sin familia, hemos querido dar un
poco de reposo a aquellas fieras de la península y venir a respirar algunos átomos de aire
europeo. Hemos obtenido un año de licencia, y por el mar Rojo, Suez y Francia, hemos
llegado a nuestra antigua Inglaterra con la velocidad de un tren expreso.
-¡Nuestra vieja Inglaterra! -repuso sonriendo Corsican-. Ya no estamos en ella, pues el
buque que nos lleva, aunque sea inglés, está fletado por franceses y nos conduce a
América. Sobre nuestras cabezas ondean tres pabellones que indican que pisamos un
suelo franco-anglo-americano.
-¿Qué importa? -respondió Fabián, cuya frente se arrugó momentáneamente, cual bajo
una dolorosa impresión-. Lo esencial es que corra nuestra licencia. El movimiento es la
vida. Olvidemos lo pasado y matemos lo presente renovando los objetos que nos rodean.
Dentro de algunos días abrazaré, en Nueva York, a mi hermana y a mis sobrinos, a
quienes no he visto desde hace muchos años. Después visitaremos los Grandes Lagos,
bajaremos el Mississipi hasta llegar a Nueva Orleans. Daremos una batida en el Marañón,
y después, de un salto, pasaremos a África, donde los leones y los tigres se han dado cita
en El Cabo para festejar al capitán Arquibaldo; hecho esto, volveremos a imponer la
voluntad de la metrópoli a los cipayos.
Fabián hablaba con volubilidad nerviosa, mientras su pecho se henchía de suspiros.
Indudablemente, alguna desgracia que no me habían dejado adivinar sus cartas amargaba
su vida. Arquibaldo Corsican debía conocer aquel secreto, pues demostraba hacia Fabián,
algo más joven que él, su cariño de hermano mayor, una amistad de esas que pueden
llevar al heroísmo, en ocasiones determinadas.
Un grueso camarero interrumpió nuestra conversación, tocando la bocina para avisar,
con un cuarto de hora de anticipación, el lunch de las doce y media. El ronco
instrumento, con gran satisfacción de los pasajeros, resonaba cuatro veces al día: a las
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-97
|