Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.17
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valija de correspondencia. Un tren correo, siempre dispuesto, la lleva en pocas horas a
Dublin. Allí, un paquebote, siempre humeante, steamer de pura sangre, máquina por sus
cuatro costados, verdadero montón de ruedas que surca las olas: no menos útil que el
Gladiador o La Hija del Aire, toma estas cartas, y atravesando el estrecho con velocidad
de 18 millas por hora, las deposita en Liverpool. La correspondencia adelanta así en un
día a los correos transatlánticos más ligeros.
El Great-Eastern, a eso de las nueve, subió al Este-Noreste. Acababa yo de llegar a la
cubierta cuando se acercó a mí el capitán Macelwin, acompañado de un amigo suyo, de
seis pies de estatura y de barba rubia y largos mostachos que, perdidos en pobladas
patillas, según la moda, dejaban la barba al descubierto. El tipo de aquel buen mozo era el
del oficial inglés; llevaba la cabeza alta pero sin violencia; su mirada era serena, y su
paso suelto y distinguido; presentaba todos los síntomas de ese valor tan raro que puede
llamarse «valor sin furia». Respecto a su profesión, no me había engañado.
-Os presento a mi amigo Arquibaldo Corsican, capitán, como yo, en el 22 de línea del
ejército de la India.
Corsican y yo nos saludamos.
-Apenas nos vimos ayer, querido Fabián -dije a Macelwin, cuya mano estreché-, en la
confusión de la salida. Todo lo que sé es que no debo a la casualidad la dicha de hallarnos
juntos a bordo. Confieso que si en algo he influido en vuestra determinación...
-Sin duda, querido compañero -me contestó-. El capitán Corsican y yo, al llegar a
Liverpool, íbamos a tomar pasaje en el China, de la línea de Cunard. La noticia del viaje
que iba a emprender el Great-Eastern nos hizo reflexionar acerca de si sería conveniente
modificar nuestro plan primitivo, aprovechando ocasión tan favorable; pero la noticia de
que estabais a bordo acabó de decidirme, pues para mí es un placer vuestra compañía. No
nos habíamos vuelto a ver desde aquel delicioso viaje que hicimos hace tres años al te-
rritorio escandinavo, y por eso el ténder nos trajo ayer.
-Querido Fabián -le respondí-, creo que ni vos ni vuestro amigo os arrepentiréis. La
travesía del Atlántico en este enorme barco ha de ser interesante para vosotros, por poco
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