Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.15
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de 700 a 800 toneladas, me pareció uno de esos barquitos con que los niños juegan en los
estanques de Green-Park o de Serpentine-River.
No tardó el Great-Eastern en atravesar los muelles del embarque de Liverpool. Los
cuatro cañones, respetando la memoria de los muertos que el ténder desembarcaba,
permanecieron mudos, pero formidables aclamaciones y vivas reemplazaron aquellos
estampidos, que son las más ruidosas manifestaciones de la cortesía nacional. Resonaron
palmoteos, se levantaron los brazos, se agitaron los pañuelos con ese entusiasmo de que
son tan pródigos los ingleses a la salida de todo barco, aunque sea una lancha que va a
dar un paseo por la bahía. Mas ¡qué manera de responder a aquellos saludos! Millares de
curiosos coronaban las murallas de Liverpool y de Birkenhead. Los boats, cargados de
espectadores, hormigueaban en el río. La tripulación del Lord Clyde, buque de guerra
fondeado en la dársena, saludó al Great-Eastern con sus aclamaciones, desde lo alto de
las vergas. Desde las toldillas de los buques anclados en el río, estrepitosas músicas nos
enviaban terribles armonías que dominaban el griterío. Las banderas, en honor al gigante,
no cesaban de subir y bajar. Pero pronto empezaron a amortiguarse los gritos, a causa de
la distancia. Pasamos rozando el Trípoli, paquebote de la línea «Cunard», destinado al
transporte de emigrantes y que parecía una lancha, a pesar de sus 2.000 toneladas.
Después, el humo cesó de oscurecer el horizonte, aumentaron los espacios entre las casas
y pudo verse el campo por entre las paredes de ladrillo. Aún se distinguían las casas de
campo de recreo y, en la orilla derecha del río, nos saludaron los últimos vivas, desde la
meseta del faro y las caras y flancos del baluarte.
A las tres de la tarde, después de haber franqueado los pasos del Mersey, el
Great-Eastern salía al canal de San Jorge. Soplaba el Suroeste. Nuestras banderas,
estiradas, no formaban ni un pliegue. Algunas olas, que pasaban inadvertidas para el
Great-Eastern, empezaban a hinchar la superficie líquida.
A las cuatro, el capitán Anderson mandó hacer alto. Así que el barquillo satélite atracó,
se le echó una escala de cuerda, por la cual se encaramó pesadamente el médico segundo
del buque. El práctico bajó, con más agilidad, a su bote que le esperaba, y cuyos remeros
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