Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.14
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Los cadáveres, envueltos en
mantas, fueron colocados sobre cubierta, en el ténder. Uno de los médicos de la dotación
del Great-Eastern, fue a acompañarlos a Liverpool, con orden de regresar cuanto antes a
bordo. Alejóse el ténder, y los marineros lavaron las manchas de sangre que ensuciaban
el puente.
Detalle curioso. Un viajero levemente herido por una astilla, se marchó en el ténder,
aprovechando la ocasión. Ya estaba saturado de Great-Eastern.
Yo miraba el ténder, que a todo vapor se alejaba, cuando oí a mi irónico compañero,
que murmuraba detrás de mí:
-¡Buen principio de viaje!
-No puede ser peor -repliqué-. ¿Tengo el honor de hablar a ... ?
-Al doctor Dean Pitferge.
CAPÍTULO V
La operación había empezado de nuevo. El anchor-boat permitió aliviar las cadenas, y
las anclas dejaron al fin el tercer lecho. La una y cuarto daban en los relojes de Bir-
kenhead; para aprovechar la marea, era indispensable que el Great-Eastern no retardara
más su salida. Subieron a la pasadera el capitán y el piloto. Colocóse un teniente junto al
aparato de señales de las ruedas y otro junto al de la hélice; entre los dos, junto a la
ruedecilla destinada a mover el timón, estaba el timonel. Otros cuatro timoneles, para el
caso de que llegara a faltar la máquina de vapor, vigilaban en la parte de popa, dispuestos
a maniobrar las grandes ruedas del timón. Para bajar el río, el Great-Eastern no tenía más
que hendir la marea.
Diose la señal de partir. Resonó la hélice en la popa, azotaron las ruedas lentamente las
primeras capas de agua, y empezó a moverse el buque.
Casi todos los viajeros contemplaban, desde la toldilla de proa, el doble paisaje que
ofrecían Liverpool a la derecha y Birkenhead a la izquierda. El Mersey no dejaba, para el
paso de nuestro enorme buque, más que estrechos callejones, entre los buques anclados y
los que se movían subiendo o bajando. Pero, sensible a los más leves movimientos de la
mano del piloto, el Great-Eastern se deslizaba por aquellas angosturas, ágil como una
piragua. Hubo un momento en que me pareció imposible que dejáramos de pasar por ojo
a una fragata que cruzaba la corriente y que rozó, con sus penoles, el casco de nuestra
gigantesca nave; pero se evitó el choque, y cuando, desde las cofas, pude ver aquel barco
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