Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.13
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acudir en su socorro. Cincuenta marinos, obedeciendo una orden del capitán Anderson,
colocaron las palancas y empezaron a virar el cabrestante.
El buque empezó a avanzar sobre sus anclas, pero con mucha lentitud. Los eslabones
rechinaban penosamente en los escobones; me parece que algunas vueltas de rueda, que
hubieran permitido embragar más fácilmente, hubieran aliviado mucho las cadenas.
Hallábame entonces en la toldilla de proa con algunos pasajeros, que contemplaban,
como yo, los progresos de la operación. A mi lado, un viajero, impaciente, sin duda, por
la lentitud de la maniobra, se encogía de hombros a cada instante, burlándose de la
imponente máquina. Era un hombrecillo flaco, nervioso, de viveza ratonil, cuyos ojos
apenas se distinguían bajo los pliegues de sus párpados. Un fisonomista hubiera
comprendido, a la primera ojeada, que la vida se presentaba de color de rosa a aquel
filósofo, discípulo de Demócrito, que no daba punto de reposo a sus músculos
cigomáticos, necesarios para la acción de la risa. Por lo demás, como luego tuve ocasión
de ver, era un buen compañero de viaje. «Hasta ahora -me dijo-, había yo creído que las
máquinas servían para ayudar a los hombres, y no para que éstos las ayudaran.»
Iba a responder a observación tan sensata, cuando se oyeron gritos. Mi vecino y yo
corrimos a la proa, donde pudimos ver que habían sido derribados todos los trabajadores
de las palancas: unos se levantaban, otros no podían levantarse. Un piñón de la máquina
había saltado, y la poderosa acción de las cadenas había hecho girar con espantosa fuerza
el cabrestante. Los marineros habían sido heridos, con terrible violencia, en el pecho o en
la frente. El irresistible molinete descrito por las sueltas barras había herido a doce
marineros y muerto a cuatro. Entre los heridos se hallaba el contramaestre, que era un
escocés llamado Dundée.
Todos acudimos. Los heridos fueron llevados a la enfermería y se mandó desembarcar
los cadáveres. La vida de las gentes pobres es tan poca cosa para los anglosajones, que
apenas causó impresión a bordo tan triste suceso. Aquellos desgraciados, muertos o
heridos, no eran más que dientes de una rueda, fáciles de reponer. El ténder, dócil a una
seña que se le hizo, volvió a atracar a nuestro costado.
Me dirigí a la escalera que no se había quitado aún.
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