Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.11
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ascensión de equipajes y pasajeros, pero sin prisa, sin gritos, como si todos fueran
personas que entraran tranquilamente en su casa. Si hubieran sido franceses, hubieran
creído su deber subir como al asalto, a guisa de verdaderos zuavos.
El primer cuidado de cada pasajero, al poner el pie en el Great-Eastern, era bajar a los
comedores, para marcar el puesto de su cubierto. Una tarjeta o su nombre, escrito con
lápiz en un pedazo de papel bastaba para asegurarle su toma de posesión. En aquel
momento se estaba sirviendo un almuerzo, y no tardaron las mesas en verse rodeadas de
convidados, que cuando son anglosajones, saben combatir perfectamente, esgrimiendo el
tenedor, el fastidio de una travesía.
Con objeto de seguir todos los pormenores del embarque, me había quedado sobre
cubierta. A las doce y media todos los equipajes estaban transbordados. Allí pude ver,
revueltos, mil fardos de todas formas y tamaños; cajones grandes como coches, capaces
de contener un mobiliario completo; estuches de viaje de elegancia perfecta; sacos de
formas caprichosas, y muchas de esas maletas americanas o inglesas, tan fáciles de
reconocer por el lujo de sus correas, su hebillaje múltiple, el brillo de sus chapas y sus
gruesas fundas de lona o de hule, con dos o tres grandes iniciales caladas en sendas
chapas de hojalata. Pronto desapareció toda aquella balumba en los almacenes (iba a
decir en las estaciones del entrepuente), y los últimos trabajadores, mozos de cuerda o
guias, volvieron al ténder, que se alejó, después de haber ensuciado el Great-Eastern con
las escorias de su humo.
Volvía hacia la proa, cuando de pronto, me hallé en presencia del joven a quien había
visto en el muelle de New-Prince. Se detuvo al verme y me tendió una mano que estreché
cariñosamente.
-¿Vos aquí, Fabián? exclamé.
-Yo mismo, amigo querido.
-No me engañé cuando, hace algunos días, creí veros en el embarcadero. ¿Vais a
América?
-Sí. ¿En qué puede emplearse mejor una licencia de algunos meses, que en correr el
mundo?
-¡Dichosa la casualidad que os ha hecho elegir el Great-Eastern para vuestro paseo!
-No ha sido, casualidad, querido compañero. Leí en un periódico que habíais tomado
pasaje a bordo de este buque y he querido hacer el viaje con vos.
-¿Acabáis de llegar de la India?
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