Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.9
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A eso de las
once, los tapiceros clavaban los últimos clavos y los pintores daban la última mano de
barniz. Después, todos se embarcaron en el ténder que los aguardaba. Así que la presión
fue suficiente, se envió el vapor a los cilindros de la máquina motriz del gobernalle y los
maquinistas reconocieron que el ingenioso aparato funcionaba regularmente.
El tiempo era bastante bueno; el sol se dejaba ver con claridad y sólo
momentáneamente lo cubría alguna nube. En alta mar debía soplar bien el viento, lo cual
importaba bastante poco al Great-Eastern.
Todos los oficiales se hallaban a bordo, repartidos por todo el buque, para preparar el
aparejo. El Estado Mayor se componía de un capitán, un segundo, dos segundos oficiales,
cinco tenientes, uno de ellos francés, mister H..., y un voluntario, francés también.
El capitán Anderson goza de gran reputación en la Marina mercante inglesa. A él se
debe la colocación del cable transatlántico. Verdad es que si triunfó donde fracasaron sus
antecesores fue porque trabajó en condiciones mucho más favorables, teniendo el
Great-Eastern a su disposición. Lo cierto es que su triunfo le valió el título de sir,
otorgado por la reina. Encontré en él un comandante muy amable. Era un hombre de unos
cuarenta años; sus cabellos tenían ese color rubio que se conserva a pesar de la edad, su
estatura era elevada, su cara ancha y risueña y de tranquila expresión; su aspecto era
verdaderamente inglés; su paso lento y uniforme, su voz dulce; sus ojos pestañeaban con
frecuencia, sus manos nunca iban metidas en los bolsillos y siempre ostentaban estirados
guantes; vestía con elegancia, pero con esta seña particular: la punta de su pañuelo blanco
salía siempre del bolsillo de su levita azul con triple galón de oro.
El segundo del buque ofrecía un contraste singular con el capitán Anderson. Es fácil de
retratar: es un hombrecillo vivaracho, muy moreno, con ojos algo inyectados, con barba
negra que le llega a los ojos; piernas arqueadas que desafían todas las sorpresas del
balance. Marino activo, vigilante, muy instruido en los ponnenores, daba sus órdenes con
voz breve órdenes que repetía el contramaestre con ese ronquido de león constipado
peculiar a la Marina inglesa. El segundo se llamaba W... y era, según tengo entendido, un
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