Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.8
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Asomado a la escotilla, envuelto en aquellas cálidas emanaciones, no me era posible ver
nada, pero oía cómo los largos émbolos gemían al recorrer sus cajas de estopas y cómo
oscilaban con ruido los gruesos cilindros sobre sus sólidos apoyos. Un fuerte hervor se
producía bajo los tambores, mientras las palas golpeaban lentamente las aguas turbias del
Mersey. Hacia la popa, la hélice azotaba las olas con su cuádruple rama. Las dos
máquinas, independientes entre sí, estaban prontas a funcionar.
A eso de las cinco, atracó una lancha de vapor, destinada al Great-Eastern. Su
locomóvil fue desprendida e izada luego al puente, por medio de cabrestantes. Pero no
fue posible embarcar la lancha, pues su casco de acero pesaba tanto que los apoyos de las
palancas cedieron bajo la carga, efecto que no se hubiera producido, sin duda, si se
hubieran empleado balancines. Fue, pues, preciso abandonar aquella lancha, pero aún le
quedaba al Great-Eastern un rosario de dieciséis embarcaciones colgadas de sus
pescantes.
Por la tarde todo estaba ya concluido, o poco menos. Las calles, limpias, no ofrecían ya
señal de barro; el ejército de los barrenderos había pasado por ellas. La estiba había ter-
minado. Víveres, mercancías, combustible ocupaban las despensas, los almacenes y las
carboneras. Sin embargo, el buque no se hundía aún hasta la línea de flotación, no sacaba
los nueve metros reglamentarios, lo cual era un inconveniente para las ruedas, cuyas
paletas, insuficientemente sumergidas, debían dar menos impulso. Pero, no obstante,
podíamos partir. Me acosté, con la esperanza de salir al mar al día siguiente. No me
engañaba. El 26 de marzo, al rayar el día, vi flotar en el palo de mesana el pabellón
americano, en el mayor el pabellón francés y en el trinquete el pabellón de Inglaterra.
CAPÍTULO III
En efecto, el Great-Eastern se disponía a zarpar. De sus cinco chimeneas se escapaban
ya algunas volutas de humo negro. Una espuma caliente transpiraba a través de los pozos
profundos que daban acceso a las máquinas. Algunos marineros bruñían los cuatro
grandes cañones que debían saludar a Liverpool a nuestro paso. Algunos gavieros corrían
por las vergas, recorriendo la jarcia para facilitar la manioba. Se estiraban los obenques,
encapillándolos debidamente y haciéndolos bajar a las mesas de guarnición.
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