Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.7
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También fue preciso
reemplazar el árbol motor de las ruedas, que se había resentido en el último viaje; aquel
árbol, acodado en su parte central para recibir la biela de las bombas, fue substituido por
un árbol provisto de dos excéntricos, lo cual aseguraba la solidez de tan importante pieza,
que sufre todo el esfuerzo. Por primera vez, el gobernalle iba a ser movido por el vapor.
A esta delicada maniobra estaba destinada la máquina en que hemos visto trabajar a los
operarios mecánicos, en la popa. El piloto, colocado sobre la pasarela del centro, entre los
aparatos de señales de las ruedas y de la hélice, tenía bajo los ojos un cuadrante provisto
de una aguja móvil, que le indicaba a cada instante la posición de su barra. Para modifi-
carla le bastaba imprimir un leve movimiento a una ruedecilla de un pie de diámetro,
colocada verticalmente, al alcance de su mano. Las válvulas se abrían acto continuo; el
vapor de las calderas se precipitaba por largos tubos o conductos a los dos cilindros de la
pequeña máquina; los émbolos se movían con rapidez, las transmisiones funcionaban, y
el gobernalle obedecía instantáneamente a esta irresistible combinación de fuerzas. Esto
debía suceder, según la teoría, si la práctica no demostraba otra cosa, un solo hombre po-
dría gobernar, con un dedo, la masa colosal del Great-Eastern.
Por espacio de cinco días prosiguieron los trabajos con febril actividad. Los retrasos
perjudicaban notablemente a la empresa de los fletadores, pero los contratistas no podían
hacer más. La partida se fijó irrevocablemente para el día 26 de marzo. El 25, la cubierta
del Great-Eastern estaba aún obstruida por todo el material suplementario.
Pero durante este último día, la cubierta, las pasarelas, los camarotes se desocuparon
poco a poco; se deshicieron los andamios, desaparecieron las garruchas; se dio por
terminado el ajuste de las máquinas; se golpearon los últimos pasadores y se apretaron los
tornillos en las últimas tuercas; las piezas bruñidas recibieron un barniz blanco que debía
preservarlas de la oxidación durante el viaje; se llenaron los depósitos de aceite; la última
placa descansó, por fin, sobre su mortaja metálica. Aquel día hizo el ingeniero la prueba
de las máquinas. Una enorme cantidad de vapor se precipitó a la cámara de éstas.
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