Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.4
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agrupados, otros dispersos, por la jarcia, entre la arboladura, todos formando un revoltijo
imposible de describir Aquí, garruchas volantes elevaban enormes piezas de fundición;
allá, cabrias de vapor izaban pesadas vigas: sobre la cámara de las máquinas se
balanceaba un cilindro de hierro verdadero tronco de metal; hacia la proa, las vergas
trepaban; gimiendo, a lo largo de los masteleros; hacia la popa, se alzaba una andamiada
que ocultaba, sin duda, un edificio en construcción. Se edificaba, se encajaba, se
cepillaba, se pintaba, se clavaba, en incomparable desorden.
Mi equipaje estaba ya trasbordado. El capitán Anderson no se hallaba aún a bordo, pero
uno de sus subordinados me instaló, con mis fardos, en un camarote de popa.
-Amigo -le dije-, aunque la salida del Great-Eastern está anunciada para mañana, es
imposible que en veinticuatro horas estén concluidos estos preparativos. ¿Cuándo os
parece que podremos salir de Liverpool?
Acerca de este punto, el personaje a quien me dirigía no estaba más enterado que yo.
Me dejó solo. Entonces resolví visitar todos los rincones de aquel inmenso hormiguero, y
empecé mi paseo, como un viajero curioso en una ciudad desconocida.
Un fango negro, ese lodo británico que se pega al empedrado de las ciudades inglesas,
cubría la cubierta. Asquerosos arroyuelos serpenteaban por todos lados. Parecía que me
hallaba en uno de los peores puntos del Uper-Thames-Street de Londres. Adelanté,
rozando los camarotes que se prolongaban hacia la popa. Entre éstos y las bordas, a
ambos lados del buque, se delineaban dos anchas calles o, por mejor decir, dos arrabales,
ocupados por una multitud compacta. Así llegué al centro mismo del buque, entre los dos
tambores, reunidos por un doble sistema de pasarelas.
Allí se abría el antro destinado a contener los órganos de la máquina de ruedas, y pude
ver aquel admirable artificio de locomoción. Unos cincuenta trabajadores estaban repar-
tidos en los huecos del metálico edificio, unos enganchados a los largos émbolos
inclinados según diversos ángulos, otros colgados de las bielas; éstos ajustando el
excéntrico, aquéllo asegurando con enormes llaves los cojinetes para los muñones. El
tronco de metal, que descendía lentamente por la escotilla, era un nuevo árbol motor
destinado a transmitir a las ruedas el movimiento de las bielas. De aquel abismo salía un
ruido continuo, mezcla de sonidos agrios y discordantes.
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