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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.3

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hubiera podido colgarlas de sus pescantes, como botes de vapor.
Entretanto, el ténder se acercaba y pasó bajo el estrave derecho del Great-Eastern,
cuyas cadenas se estiraban violentamente por el empuje de las olas, y atracó a su banda
de babor, al pie de la ancha escalera que serpenteaba por sus costados. La cubierta del
ténder apenas alcanzaba la línea de flotación del coloso, línea que debía llegar al agua
cuando la carga fuera completa, pero que aún se hallaba dos metros por encima de las
olas.
Mientras los trabajadores desembarcaban presurosos y trepaban por los tramos de la
escalera del buque, yo, con el cuerpo echado hacia atrás y la cabeza aún más echada atrás
que el cuerpo, como un viajero veraniego que mira un edificio elevado, contemplaba las
ruedas del Great-Eastern.
Vistas de lado, parecían flacas, escuálidas, aunque la longitud de sus palas fuera de
cuatro metros; pero de frente presentaba un aspecto monumental. Su elegante armadura,
la disposición de su sólido cubo, punto de apoyo de todo el sistema, sus puntales
cruzados, destinados a mantener la separación de la triple llanta, aquella aureola de rayos
encarnados, aquel mecanismo medio perdido en la sombra de los anchos tambores que
coronaban el aparato, todo aquel conjunto impresionaba el ánimo y evocaba la idea de
alguna potencia huraña y misteriosa.
¡Con qué energía, aquellas palas de madera, tan vigorosamente encajadas, debían azotar
las aguas que, en aquellos momentos, el flujo rompía contra ellas! ¡Qué hervor el de las
líquidas ondas, cuando aquel poderoso artificio las sacudiera, golpe tras golpe! ¡Qué de
truenos en la caverna de aquellos tambores, cuando el Great-Eastern marchaba a todo
vapor, al impulso de aquellas ruedas de 53 pies de diámetro y 160 de circunferencia, de
90 toneladas de peso y moviéndose con la velocidad de 11 vueltas por minuto!
Los pasajeros del ténder habían desembarcado; puse el pie en los calados escalones de
hierro, y algunos instantes después, me hallaba a bordo del Great-Eastern.

CAPÍTULO II

La cubierta aún no era mas que un inmenso astillero entregado a un ejército de
trabajadores. No podía convencerme de que aquello fuera un buque. Muchos miles de
hombres, jornaleros, marineros de la tripulación, maquinistas, oficiales, curiosos, se
cruzaban, se codeaban sin incomodarse, unos por el puente, otros por las máquinas, unos


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