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Las Indias Negras (Julio Verne) - pág.12

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proximos que nosotros al astro radiante.
El suelo de los continentes, aún mal fijado, se cubrió, pues, de bosques inmensos. El
ácido carbónico, tan propio para el desarrollo del reino vegetal, existía en gran abun-
dancia; y por tanto los vegetales se desarrollaban en forma arborescente. No había ni una
sola planta herbácea. Por todas partes se encontraban enormes masas de árboles sin
flores, sin frutos, de un aspecto monótono, que no hubieran podido servir para la
alimentación de ningún ser viviente.
La tierra no estaba dispuesta todavía para la aparición del reino animal.
La composición de estos bosques antediluvianos era la siguiente. Dominaba la clase de
las criptógamas vasculares. Las calamitas, variedades de la aspérula arborescente, los
lepidodendrones, clase de liecopodias gigantes de veinte y cinco a treinta metros de altura
y de un metro de ancho en su base, las asterófilas o radiadas, los helechos, las sigilarias
de proporciones gigantescas, y de las cuales se han encontrado huellas en las minas de
Saint-Etienne -plantas todas grandiosas, con las cuales no existe ninguna que tenga
analogía sino entre los más humildes modelos de las tierras habitables- tales eran poco
variados en sus especies, pero enormes en su desarrollo, los vegetales que formaban
exclusivamente los bosques de aquella época..
Estos árboles estaban plantados en una especie de laguna inmensa, profundamente
humedecida por la mezcla de aguas dulces y de aguas saladas. Se asimilaban rápidamente
el carbono, que absorbían poco a poco de la atmósfera, impropia todavía para las
funciones de la vida; y estaban, puede decirse, destinados a condensarse bajo la forma de
hulla en las entrañas mismas de la tierra.
En efecto, era la época de los temblores de tierra, de esos sacudimientos del suelo
producidos por las revoluciones interiores y el trabajo plutónico, que modificaban sú-
bitamente los perfiles, aún inciertos de la superficie terrestre. Aquí, intumescencias que
se convertían en montañas; allá hundimientos que debían llenar océanos o mares. Y
entonces, bosques enteros se sumergían en la corteza terrestre, al través de sus movibles
capas, hasta que encontraban un punto de apoyo, tal como el suelo primitivo de las rocas
graníticas, o hasta que por su acumulación formaban un todo resistente.
En efecto, el edificio geológico se presenta en este orden en las entrañas del globo: el


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