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Las Indias Negras (Julio Verne) - pág.4

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dirige vuestro ingeniero son un adiós Habéis vivido de la mina, que se ha vaciado en
vuestras manos. El trabajo ha sido duro; pero no sin provecho para vosotros. Nuestra gran
familia va a dispersarse, y es probable que el porvenir no vuelva a reunir jamás sus
esparcidos miembros. Pero no olvidéis que hemos vivido mucho tiempo juntos, y que en
los mineros de Aberfoyle es un deber el ayudarse mutuamente. Vuestros antiguos jefes no
lo olvidaron nunca. Los que trabajan juntos no pueden mirarse como extraños. Nosotros
velarernos por vosotros, y donde quiera que vayáis, siendo honrados, os seguirán nuestras
recomendaciones. ¡Adiós, pues, amigos míos, y que el cielo os ampare!"
Dicho esto, Jacobo Starr, abrazó al más anciano de los trabajadores, cuyos ojos se
habían humedecido, con las lágrimas. Después los capataces de los departamentos vinie-
ron a estrechar la mano del ingeniero, mientras que los mineros agitaban sus gorras;
gritando:
-¡Adiós, Jacabo Starr, nuestro jefe y nuestro amigo! Esta despedida debía dejar un
recuerdo indeleble en aquellos nobles corazones.
Poco a poco aquella población abandonó tristemente la galería. El vacío rodeó a Jacobo
Starr. El suelo negro de las vías, que conducíán a la boca Dochart, resonó una última vez
bajo los pies de los mineros, y el silencio sucedió a aquella bulliciosa animación, que
hasta entonces había dado vida a la mina de Aberfoyle.
Sólo un hombre había quedado cerca de Jacobo Starr.
Era el capataz Simon Ford. Cerca de él había también un joven de quínce años; su hijo
Harry, que hacía algún tiempo estaba ya empleado en los trabajos del interior de la mina.
Jacobo Starr y Simon Ford se conocían, y conociéndose, se estimaban mutuamente.
-¡Adiós, Simon? dijo el ingeniero.
-¡Adiós, señor Jacobo! Respondió el capataz; o más bien, dejadme decir: ¡hasta la
vista!
-¡Sí, hasta la vista, Simon! respondió Jacobo Starr. ¡Sabéis que tendré un placer en
volver a veros y en hablar del pasado de nuestra vieja Aberfoyle!
-Ya lo sé, señor Starr.
-Mi casa de Edimburgo estará siempre abierta para vos.
---¡Está muy lejos Edimburgo! contestó el capataz meneando la cabeza. ¡Sí! ¡Muy lejos
de la mina Dochart!
-¡Lejos, Simon! ¿Pues dónde pensáis vivir?
-Aquí mismo, señor-Starr. ¡Nosotros no abandonaremos la mina, que es nuestra
madre, porque su sustancia nos ha alimentado! Mi mujer, mi hijo y yo nos arreglaremos


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