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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.50

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Hubiérase pasado por delante de esta gruta a cien veces sin sospechar su existencia, y únicamente por casualidad la había descubierto Vázquez unos días antes.
Allí fue donde transportó los diversos objetos tomados en la caverna, y de los que iba a hacer uso.
Por otra parte, no era probable que Kongre, Carcante y sus compinches fueran por aquella parte de la isla. La única vez que pasaron por allí fue el día de su segunda visita a la caverna, y Vázquez los vio desde su escondrijo, sin que los bandidos pudieran imaginarse que estaban tan cerca del tercer torrero del faro.
Inútil es advertir que nunca se aventuraba al exterior sin adoptar las más minuciosas precauciones, prefiriendo la noche, sobre todo para dirigirse a la caverna.
Antes de doblar el ángulo del acantilado, a la entrada de la bahía, asegurábase de si el bote o la chalupa estaban atracados a la orilla.
Pero ¡qué interminable se le hacia el tiempo y qué dolorosos recuerdos acudían sin cesar a su mente!... De vez en cuando le acometía un irresistible deseo de ir en busca del jefe de aquella banda de criminales, y vengar con sus propias manos el asesinato de sus infelices camaradas.
-No, no -se respondía-; tarde o temprano serán castigados como se merecen. Dios no puede permitir que escapen al castigo. ¡Pagarán con ¡a vida sus crímenes!...
Olvidaba cuan en peligro estaba la suya mientras la goleta permaneciese en la bahía Elgor, y todos sus deseos eran que la Maule no pudiera zarpar antes que llegase el Santa Fe.
¿Se cumplirían sus anhelos? Era necesario que transcurriesen tres semanas antes que el «aviso» pudiera estar a la vista de la isla.
Por otra parte, la duración de esta escala tan prolongada no dejaba de sorprender a Vázquez. ¿Serian tan importantes tas averías de la goleta, que no había bastado un mes para su completa reparación?
El libro del faro debía haber informado a Kongre acerca de la fecha del relevo, y no podía ignorar el riesgo que corría si no se hacía a la mar antes de los primeros días de marzo.
Era el 16 de febrero. Vázquez, devorado por la impaciencia y la inquietud, quiso saber a qué atenerse. Así es que en cuanto hubo anochecido ganó la entrada de la bahía y remontó la orilla norte, dirigiéndose hacia el faro.
Aunque la oscuridad fuese profunda, corría el riesgo de encontrarse con alguno de la banda que caminase por aquel lado.


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