El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.49
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Pero, ¿por qué un barco, a me» «os de tener que hacerlo de arribada forzosa, iba a hacer escala en aquella bahía, apenas conocida de los navegantes?
Si se produjera esta afortunada eventualidad, las autoridades inglesas podrían tener bien pronto noticia de los acontecimientos que acababan de ocurrir en la Isla de los Estados. Entonces se enviaría un barco de guerra antes que la Maule estuviera en disposición de
zarpar, se aniquilaría a aquellas bandidos y el faro sería puesto en condiciones de reanudar el servicio.
-¿Será preciso- repetíase Vázquez- esperar el regreso del Santa Fe?... ¡Dos meses!... De aquí a entonces, la goleta estará ya lejos; y ¿dónde encontrarla en medio de las islas del Pacifico?...
El bravo Vázquez, olvidándose de si mismo, pensaba siempre en sus compañeros despiadadamente asesinados; en la impunidad que gozarían estos criminales después de abandonar la isla, y en los graves peligros que amenazaban la navegación por estos parajes después de extinguirse el faro del Fin del Mundo.
Por otra parte, desde el punto de vista material, y a condición de que no se descubriera su refugio, su manutención estaba asegurada después de su visita a la caverna de los piratas.
Allí era donde la banda Kongre había vivido durante años enteros; allí era donde habían amontonado todo el producto de su infame pillaje. Kongre y los suyos subsistieron allí primeramente con las provisiones que llevaban al desembarcar; luego, de las que se procuraron por un gran número de naufragios, algunos por ellos mismos provocados.
De estas provisiones Vázquez no tomó más que las indispensables para que Kongre y los otros no advirtiesen la sustracción, más algunos efectos, entre ellos una camisa, un impermeable, dos revólveres, con una veintena de cartuchos, y un farol. También tomó dos libras de tabaco para su pipa. Además, a juzgar por la conversación que había oído, las reparaciones de la goleta debían durar varias semanas, y podría, por lo tanto, renovar sus provisiones.
Hay que advertir que, por precaución, encontrando que la estrecha gruta que ocupaba estaba demasiado próxima a la caverna, había buscado otro refugio un poco mas alejado y más seguro.
Lo encontró a la vuelta del cabo San Juan, entre dos altas rocas, y la entrada pasaba inadvertida para el mejor observador. Cuando subía la marea, el mar llegaba hasta la base de las rocas, pero no ascendía lo suficiente para llenar esta cavidad, a la que una finísima arena servia de alfombra blanda y seca.
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