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El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.46

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La chalupa partió en la mañana del 14 de enero. El reflujo se hacía sentir intensamente.
El tiempo era bastante bueno. Los rayos del sol se filtraban entre las nubes, que una ligera brisa empujaba hacia el sur.
Antes de partir, siguiendo su cotidiana costumbre, Carcante había subido a la galería del faro para observar el horizonte. El mar estaba completamente desierto; no se descubría en toda la extensión del horizonte ningún navío, ni siquiera una de esas barcas de pescadores que se arriesgan a veces hasta las proximidades de los islotes New-Year.
Desierta estaba también la isla en toda la extensión que la vista podía abarcar.
En tanto que la chalupa descendía con la corriente, Kongre observaba atentamente las dos orillas de la bahía. ¿Dónde estaría el tercer torrero, que se había escapado de la muerte? Aunque no constituyese para él motivo de inquietud, era evidente que mejor hubiera sido desembarazarse de él.
Nadie -dijo Carcante. -Nadie -contestó Kongre.
A las tres estaban de regreso en la bahía.
Dos días después, el 16, Kongre y sus compañeros procedían a poner la Maule en condiciones de ser reparada. A las once sería la pleamar, y las disposiciones fueron tomadas en consecuencia.
Una amarra echada desde tierra permitiría remolcar la goleta, cuando el agua tuviese la altura suficiente.
En realidad, la operación no ofrecía ni dificultades ni riesgos, y era la marea la que se encargaba de verificarla.
A las tres, la Maule estaba completamente en seco, descansando sobre estribor.
Ya podían empezar el trabajo. Solamente que, como no había sido posible conducir la goleta hasta el pie del acantilado, el trabajo había de interrumpirle todos los días durante algunas horas, puesto que el barco flotaría al subir la marea. Pero, por otra parte, como a partir de aquel mismo día el mar iba perdiendo de su altura, la tarea podría proseguirse sin interrupción durante una quincena.
El carpintero Vargas se puso inmediatamente a la obra. Si no contaba con los pescadores de la bañada, al menos los otros, incluso Kongre y Carcante, le «echarían una mano», como vulgarmente se dice. La madera llevada de la caverna bastaría para la reparación, no habiendo necesidad de abatir un árbol del bosque de las hayas, ni de desbastarlo, lo que hubiera sido una obra de consideración.
Durante los quince siguientes días, Vargas y los otros trabajaron de firme.
La mayor dificultad fue levantar las piezas que habían de ser reemplazadas.


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